La cultura machista no sólo lastima a las mujeres, también impide que los hombres puedan reconocerse como víctimas y pedir ayuda.
En violencia de pareja, no se trata de competir por quién sufre más, si el hombre o la mujer. Se trata de reconocer que también hay hombres lastimados, humillados, controlados, golpeados por sus parejas, exparejas, amigas o personas cercanas. Mientras no veamos ese fenómeno, ellos seguirán callando… y nosotros seguiremos repitiendo los mismos patrones de violencia que decimos querer erradicar.
A los hombres se les educa desde niños con frases como: “no llores”, “no seas marica”, “aguántate”. Crecen con la idea de que ser hombre es ser fuerte, resistente, invulnerable.
Este es el primer gran problema: la cultura machista no sólo lastima a las mujeres, también impide que los hombres puedan reconocerse como víctimas y pedir ayuda.
En la práctica, muchos hombres viven situaciones como estas: parejas que revisan constantemente el celular, exigen contraseñas de redes sociales y amenazan con armar escándalos si él no accede; insultos cotidianos: “no sirves para nada”, “eres un inútil”; golpes “en broma”, empujones, cachetadas; amenazas de acusarlos de violencia familiar, abuso o de alejarlos de sus hijos; control absoluto del tiempo: “mándame ubicación”, “mándame foto”.
Reconocer la violencia hacia los hombres no borra la violencia contra las mujeres, al contrario: si queremos construir una sociedad realmente distinta, necesitamos romper los ciclos de violencia, vengan de donde vengan. Educar a los hombres a reconocerse como víctimas cuando lo son, también ayuda a que ellos, a su vez, aprendan a no convertirse en agresores.
