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El poder de uno

La transformación colectiva comienza con decisiones individuales: votar, participar y asumir responsabilidades pueden convertir la voluntad de una persona en una fuerza común.

Hay una frase que probablemente todos hemos dicho alguna vez: “¿Y yo qué puedo hacer?”.

Es una pregunta bastante cómoda.

Somos más de 130 millones de mexicanos, existen miles de servidores públicos, cientos de legisladores, decenas de instituciones y suficientes problemas como para llenar varias sobremesas. Así que resulta fácil concluir que nuestra aportación individual difícilmente cambiará gran cosa.

Un voto entre millones, una opinión entre miles, una persona dentro de una organización, una buena acción en medio de tantos problemas.

¿Qué tanto puede importar uno? Mucho más de lo que pensamos.

En las elecciones presidenciales de 2024, el Instituto Nacional Electoral (INE) registró poco más de 60 millones de votos, equivalentes al 61.04 por ciento de participación de quienes estaban inscritos en la Lista Nominal.

El número es impresionante, 60 millones. Pero existe otra manera de verlo: no hubo 60 millones de votos. Hubo un voto, repetido 60 millones de veces. Nadie puede votar dos veces, nadie puede prestar su voto y nadie puede mandar a alguien más a ejercerlo por él.

Al final, incluso las decisiones colectivas más grandes comienzan siendo decisiones individuales.

Y quizá ahí exista una de las grandes contradicciones de nuestra vida pública: nos encanta hablar de lo que deberían hacer todos, pero pocas veces comenzamos preguntándonos qué estamos haciendo nosotros.

Decimos que “el gobierno” debería resolver. Que “los políticos” deberían cambiar. Que “la sociedad” debería participar. Que “los jóvenes” deberían involucrarse. Que “los empresarios” deberían comprometerse. Que “los ciudadanos” deberían exigir.

Siempre hablamos en plural. El problema es que ese plural está compuesto de personas en singular.

La propia Encuesta Nacional de Cultura Cívica del Inegi y el INE estudia precisamente algo que me parece fundamental: no solamente qué pensamos de la democracia, sino cómo participamos en los asuntos públicos. Reunirnos con autoridades, firmar una petición, trabajar con otras personas para resolver problemas de la comunidad, participar en organizaciones o involucrarnos en causas colectivas forman parte de las maneras en las que un ciudadano puede intervenir en su entorno.

Porque participar no es solamente votar, también es involucrarse y eso requiere algo bastante más incómodo que publicar una queja; requiere tiempo.

En México somos extraordinariamente buenos diagnosticando problemas. Basta una comida familiar o con amigos, un grupo de WhatsApp o cinco minutos en redes sociales para encontrar especialistas en seguridad, economía, educación, infraestructura y política internacional.

Soluciones tenemos muchas, pero voluntarios para ejecutarlas, a veces no tantos.

Y aquí aparece nuevamente el poder de uno: Uno que decide participar, uno que levanta la mano, uno que organiza a otros, uno que se atreve a decir que algo puede hacerse diferente y uno que cumple su responsabilidad aunque nadie lo esté viendo.

No parece gran cosa, hasta que otro decide acompañarlo, después son dos… luego diez, después cien. Y un día aquello que comenzó como una decisión individual termina convertido en una causa colectiva.

Así funcionan también las instituciones. La confianza, por ejemplo, no se construye mediante discursos, se construye acumulando experiencias.

La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 del INEGI ofrece un dato interesante: mientras 75.9 por ciento de la población consultada manifestó mucha o alguna confianza en las universidades públicas, solamente 23.9 por ciento expresó ese nivel de confianza hacia los partidos políticos.

Los números pueden discutirse, interpretarse y contextualizarse, pero dejan una reflexión importante: las instituciones no son conceptos abstractos; están formadas por personas.

Cada funcionario que atiende bien o mal, cada policía que cumple o incumple, cada maestro que enseña, cada empresario que respeta la ley, cada político que cumple su palabra y cada ciudadano que hace su parte. Todos suman  —o restan— un poquito a esa enorme palabra que llamamos confianza.

Por eso el poder de uno también implica responsabilidad. Es muy sencillo exigir buenos gobiernos. Lo difícil es entender que una buena sociedad tampoco aparece por decreto.

Necesitamos autoridades responsables, instituciones sólidas y gobiernos capaces, por supuesto. Quien ejerce el poder público tiene obligaciones mayores precisamente porque administra recursos y decisiones que pertenecen a todos.

Pero una democracia tampoco puede funcionar únicamente desde las oficinas de gobierno. Necesita ciudadanos que voten, pero también que participen. Que exijan, pero también propongan. Que conozcan sus derechos, pero también recuerden sus obligaciones.

Quizá durante demasiado tiempo hemos esperado grandes soluciones protagonizadas por grandes personajes. El gran presidente, el gran empresario, el gran líder, el gran movimiento.

Pero cuando uno observa con cuidado los cambios importantes de cualquier sociedad descubre algo curioso: casi ninguno comenzó siendo grande.

Alguien tuvo primero una idea, alguien se inconformó, alguien dijo que no, alguien dijo que sí, alguien convenció a otro y después ocurrió algo extraordinario: dejó de estar solo.

Ahí está la verdadera dimensión del poder de uno.

No significa creer ingenuamente que una sola persona puede resolver todos los problemas de un país. Significa entender que ninguna transformación colectiva puede existir si las personas que la integran deciden que su participación individual no importa.

La democracia funciona exactamente así, un voto difícilmente define por sí solo una elección nacional, pero sin votos individuales no existe elección.

Una persona difícilmente transforma por sí sola una ciudad, pero sin personas dispuestas a involucrarse no existe comunidad.

Una voz puede parecer pequeña frente al ruido de millones, hasta que alguien más decide escucharla.

Tal vez por eso deberíamos dejar de preguntarnos con tanta frecuencia qué puede hacer “la gente”, “el gobierno”, “los políticos” o “los demás”. Y comenzar con una pregunta mucho más sencilla: ¿Qué puedo hacer yo? Quizá uno no pueda cambiar todo México; pero uno puede cambiar una decisión, puede cumplir una responsabilidad, puede ayudar a una persona, puede proponer una idea, puede emitir un voto.

Y cuando suficientes personas descubren el poder de uno, sucede algo extraordinario: dejan de ser uno. Así comienzan las comunidades, así nacen los movimientos, así se construyen las mayorías.

Y muchas veces, también así comienza la historia.

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