Los morenistas y petistas han hecho del cinismo su manera de hacer política; hablan de justicia social desde camionetas blindadas, critican la corrupción mientras se benefician de ella y repiten ‘primero los pobres’, pero viven como nuevos ricos.
Muertos y desaparecidos, además de miles de damnificados por las lluvias, es el saldo de la incapacidad de los Gobiernos morenistas en Veracruz, Puebla, San Luis Potosí, Hidalgo y Querétaro, donde nunca alertaron a los ciudadanos, y, ahora, sin el Fondo de Desastres Naturales (Fonden) que desapareció AMLO, están ahogados ante los reclamos y las protestas.
Todavía no superan la crisis de los nuevos ricos, el huachicol fiscal y la inseguridad, y las lluvias destaparon la incapacidad de gobernadores como la de Veracruz, la nefasta Rocío Nahle.
A pesar de que Conagua lanzó a tiempo las alertas, los Gobiernos morenistas no informaron a la población. El desastre se registró en cascada, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum navega entre reclamos y protestas.
Incongruentes y cínicos: el verdadero rostro del PT y Morena
En el país de los contrastes, la llamada Cuarta Transformación vive atrapada en su propia contradicción. Mientras en Coahuila se construye seguridad con estrategia, inteligencia y resultados, los dirigentes del Partido del Trabajo (PT) y Morena se dedican a lanzar críticas sin sustento, amparados en discursos de odio y mentiras que solo exhiben su frustración política.
Resulta cuando menos indignante que personajes como Gerardo Fernández Noroña, conocido por su soberbia, sus insultos y sus escándalos personales, se atrevan a señalar a una de las policías más profesionales del país.
Con su estilo de tribuno de otra época, más cercano a los viejos caudillos latinoamericanos que a la política moderna, Noroña encarna esa corriente que grita revolución mientras vive del sistema que dice combatir. Se pasea en aviones privados mientras predica austeridad, y representa mejor que nadie la doble moral de la 4T: grita contra el poder, pero vive de él. Critica a las instituciones, pero jamás ha construido una sola.
Y a su lado, Ricardo Mejía Berdeja, el eterno inconforme que todavía no asimila su derrota política en Coahuila, intenta deslegitimar lo que no pudo encabezar. Habla de seguridad mientras su paso por la Secretaría de Seguridad Pública federal se recuerda por su ineficacia, manipulación y vínculos turbios con grupos que hoy tienen a varios estados sumidos en la violencia.
En su obsesión por seguir vigente, repite el mismo guion populista y polarizador de sus aliados: victimizarse, acusar a todos y simular rebeldía, mientras vive de la misma estructura política que dice enfrentar. Es irónico: quien huyó de Coahuila por falta de resultados, ahora quiere pontificar sobre lo que aquí sí funciona.
El discurso de ambos es una mezcla de ideología trasnochada y propaganda de división, heredada de los movimientos que, bajo el disfraz de redentores del pueblo, terminaron por hundir a sus naciones en crisis y resentimiento. Hablan de justicia, pero predican rencor; hablan de igualdad, pero viven de privilegios. Son los profetas del odio, que polarizan porque no saben gobernar.
Mientras tanto, Omar García Harfuch, uno de los pocos funcionarios federales con credibilidad, reconoce públicamente el modelo de seguridad coahuilense como ejemplo nacional. Un modelo construido con coordinación, inversión tecnológica y disciplina institucional, que ha devuelto la tranquilidad a las calles. Pero claro, eso no encaja en la narrativa de los que viven del escándalo y no del trabajo.
Qué incongruencia. Los mismos que toleran y protegen a los narco políticos dentro de sus filas, que negocian con el crimen y callan ante la sangre en Zacatecas, Sonora o Tamaulipas, hoy pretenden dar lecciones de moral pública. La diferencia es clara: aquí se combate al crimen; allá se le rinde pleitesía.
Y mientras todo eso ocurre, en el círculo más cercano del poder, Andy López Beltrán, el hijo del expresidente, presume obras de arte de millones de pesos, como si la austeridad solo fuera obligatoria para los demás. Un retrato perfecto de lo que es la 4T: hipocresía de lujo con discurso de pobreza.
Los morenistas y petistas han hecho del cinismo su manera de hacer política. Hablan de justicia social desde camionetas blindadas, critican la corrupción mientras se benefician de ella y atacan lo que funciona porque los deja en evidencia. Son los mismos que repiten “primero los pobres”, pero viven como nuevos ricos de Estado.
No saben gobernar, no saben construir y mucho menos saben dar resultados. Lo vemos en Piedras Negras, donde el desgobierno y la opacidad marcan el paso, y lo vimos antes en Múzquiz, donde la improvisación disfrazada de populismo dejó más problemas que soluciones.
La 4T ha sido la gran simulación nacional: promesas rotas, discursos vacíos y una red de políticos que confundieron el poder con impunidad.
Pero en Coahuila la historia es distinta: aquí no se sigue el manual del populismo ni el teatro de los caudillos. Aquí se gobierna con orden, visión y resultados, no con odio ni ocurrencias.
Porque mientras ellos destruyen confianza, Coahuila sigue construyendo seguridad, estabilidad y futuro. Y eso, más que cualquier crítica, es lo que no pueden perdonar.

