La experiencia ‘analógica’ de ver una cinta que no llegó a las grandes salas.
En diciembre de 1993, un joven cineasta jalisciense presentó su ópera prima en circuitos independientes, cinetecas y festivales de autor, con la esperanza de que ese fuera el comienzo de una carrera que lo llevara a vivir de su fascinación por contar historias de monstruos y personajes extraños.
Con esa corta exposición y luego de ganar el Premio Semana de la Crítica en Cannes, Guillermo del Toro vio cómo “Cronos” cosechó un total de nueve Premios Ariel, otorgados por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, además de ser testigo de que su debut en el séptimo arte fue arropado dentro y fuera de México como un largometraje de culto.
Con el pasar de los años (y de los éxitos), Guillermo jamás dejó de volver a ver sus raíces. Sin importar el renombre que le dieron producciones como “Mimic” (1997), “Hellboy” (2004) o “El Laberinto del Fauno” (2006), además del Oscar a mejor cinta en 2017 por “La Forma del Agua”, el espíritu libre de ese joven que a sus 29 años comenzó su carrera de forma independiente sigue vivo; y su cine, por más producido y respaldado que esté por empresas como Netflix, debe llegar, casi obligatoriamente, a esos círculos que le dieron su primera oportunidad.
Y quizás sea por eso, o tal vez porque Netflix necesita que “Frankenstein” se estrene en salas de cine para que compita en la temporada de premios (no nos engañemos), pero la adaptación de la novela de Mary Shelley de la mano del oriundo de Jalisco llegó a cines independientes de todo México y, afortunadamente, Saltillo no fue la excepción.
La nostalgia de un cine analógico
A finales de los 80, en una capital de Coahuila que no era tan moderna como la conocemos hoy en día, un pequeño cine en la Zona Centro abrió sus puertas para ofrecer a los saltillenses la experiencia de ver películas con una calidad inigualable para la época.
En la ciudad existían otras salas, como el ahora extinto Cine Florida, que sufrió varias transformaciones a lo largo del tiempo y ahora se encuentra en completo abandono. Pero el Cinema Río 70 ha logrado sortear el paso de los años entre crisis, la competencia de enormes compañías y los tiempos actuales que, una vez que entras al recinto, quedan casi por completo afuera del edificio que lo alberga en la calle Victoria, a solo una cuadra de la Alameda.
Pocas salas, asientos avejentados, una dulcería pequeña y precios de entrada asequibles son los puntos por los que este sitio parece suspendido en el tiempo, pero el encanto de que solo en este lugar lleguen producciones como “Roma”, de Alfonso Cuarón, o “El Irlandés”, de Martin Scorsese, logran que cada cierto tiempo la comunidad cinéfila de Saltillo se dé cita ahí, hagan la fila, compren sus boletos físicos y disfruten de una cinta que no se proyectará en ningún otro lado.
Y sí, tal vez las pantallas no sean las mejores y los proyectores no tienen los focos más relucientes, quizás estemos obligados a ver la cinta en su versión doblada al español y muy probablemente no es la misma comodidad en un asiento reclinable de una sala VIP, pero, al final, también de esto se trata combatir al monstruo de la industria, al menos por un par de fines de semana.
El monstruo de la pantalla contra el monstruo de la industria
Adaptaciones de “Frankenstein”, tenemos para llenarnos el ojo. Desde 1931, con la icónica versión de James Whale, hasta la cinta noventera dirigida y estelarizada por Kenneth Branagh y con la participación de Robert De Niro como la criatura creada por el doctor Víctor. Algunas más fantasiosas, otras más románticas, pero todas con un argumento central: la lucha del humano contra su ambición y la monstruosidad desmedida alimentada por la ambición.
La cinta de Guillermo del Toro, protagonizada por Oscar Isaac, Jacob Elordi y Mia Goth, no es la excepción. Si bien es fiel a la estética gótica y fantasiosa que relata tanto lo más horrible como lo más bello, la propuesta del director mexicano, tanto dentro como fuera de la pantalla, invita a reflexionar sobre la forma en que la codicia por crear y tener nos aleja del verdadero espíritu de, como decía Eduardo Galeano, “vivir por vivir, nomás”, crear por crear, para llegar a puntos de encuentro, sazonados con drama y ficción que al final son reales.
Y no cabe duda, este Frankenstein termina por abrazarnos. Y queremos devolverle el mismo gesto. Al igual que deseamos abrazar a Del Toro por voltear a ver a esos pequeños recintos independientes que se transforman y sobreviven con uñas y dientes, con pedazos resquebrajados de alfombra, con manchas y cicatrices de años, pero que están vivos… y que esperemos que la industria no termine por destruirlos por completo en algún momento.

