La idea de mejorar a la especie humana mediante la selección de características genéticas tiene un lado oscuro y una historia terrible aunque se usen discursos médicos, científicos y políticos para justificarla.
Las declaraciones recientes del empresario Elon Musk sobre la reproducción humana han causado revuelo entre los defensores de la eugenesia y traen a la memoria a un político alemán responsable de uno de los mayores genocidios de la historia: el Holocausto. En múltiples ocasiones, Musk ha señalado que las personas con mayor coeficiente intelectual deberían tener más hijos, ya que considera que el futuro de la humanidad peligra si las personas más racionales y capaces no se reproducen en proporciones suficientes. Estas opiniones, aunque aparentemente motivadas por una preocupación por el destino de la civilización, resuenan inquietantemente con un pasado que no deberíamos olvidar.
La eugenesia es la creencia en la reproducción selectiva, un intento de mejorar a la especie humana mediante la selección de características genéticas. Esta corriente de pensamiento cobró fuerza durante el régimen nazi, bajo la idea de promover una “raza superior”. Como consecuencia, se esterilizó, exterminó y segregó a sectores enteros de la población. La inteligencia, la salud física y la supuesta “pureza racial” fueron los filtros para determinar quién merecía vivir y procrear. Bajo esta ideología, millones de personas fueron condenadas.
Si bien las palabras de Musk están lejos de promover campos de concentración o esterilizaciones forzadas, el fondo de su tesis comparte matices con la eugenesia clásica: la idea de que el valor de un individuo puede medirse genéticamente y que es deber de la sociedad fomentar que las personas más “capaces” tengan más hijos. Un pensamiento peligroso por naturaleza, y aún más cuando se reviste de modernidad e innovación al estilo Silicon Valley.
Además, el empresario se ha definido a sí mismo como un defensor del pronatalismo, postura que busca aumentar la tasa de natalidad ante el temor de un colapso demográfico. No obstante, no estamos ante un pronatalismo universal: no se trata de que cualquiera tenga más hijos, sino de que lo hagan los más brillantes y aptos. Aunque esta idea se presenta como una forma de evolución humana, sus raíces están en la vieja aristocracia, cuyo objetivo era preservar y mejorar el linaje, mantener la riqueza dentro de ciertas familias y asegurar la transmisión del poder entre una élite supuestamente destinada a gobernar.
En el pasado, la élite era de “sangre azul”, cercana a la monarquía y con apellidos ilustres. En el presente, los nuevos aristócratas son los millonarios tecnológicos, los genios empresariales y las familias políticas generacionales que creen tener las herramientas y el derecho para diseñar el futuro humano. Así como los nobles hablaban del “derecho divino”, hoy algunos magnates invocan el “derecho genético”.
Lo verdaderamente alarmante de esta visión es su potencial para influir en la cultura y la política. En un mundo cada vez más fascinado por la inteligencia artificial, la neurociencia y la edición genética, ideas que antes parecían extremas ahora encuentran una plataforma global y una audiencia masiva. Millones de personas podrían terminar por aceptar que solo vale la pena reproducirse si se cumplen ciertos estándares de inteligencia, salud o capacidad.
La historia nos advierte que los caminos más desastrosos a menudo se sostienen en discursos racionales. La eugenesia nazi comenzó como un proyecto de “higiene social”, respaldado por médicos, científicos y políticos. Hoy, una nueva eugenesia podría comenzar con publicaciones virales, declaraciones polémicas y programas de fertilidad financiados por la aristocracia contemporánea.

