Desde los inicios de la humanidad se han construido personajes que luchan por la justicia, a veces con ayuda divina y otras con su fuerza o su inteligencia.
Las civilizaciones humanas han cambiado a lo largo de los siglos, pero hay algo que permanece: el anhelo de justicia. Este ideal ha llevado a construir instituciones para lograrlo, pero también ha construido personajes que encarnan este concepto; así nacieron los héroes.
No es de extrañar que la obra literaria más antigua conocida, “La epopeya de Gilgamesh”, escrita hace más de cuatro mil años, ya tiene las bases del arquetipo del héroe: un personaje que enfrenta lo desconocido con valentía para salvar algo. En el caso del héroe mesopotámico, a su amigo y presumiblemente su amante, Enkidu.
Los griegos perfeccionaron el arquetipo del héroe en sus obras, los hicieron más humanos y complejos. Por un lado, Hércules (Heracles) representa ese poder que no puede estar al alcance de un ser humano común y que solo puede explicarse con una genealogía de un semidiós. Por el otro están Aquiles y Odiseo. El primero busca la gloria, aunque tenga una vida corta, pero heroica, mientras que el segundo busca la supervivencia a través de la inteligencia, una vida larga, pero complicada.
Mientras que Alejandro Magno encarnó el héroe vivo que conquistó el mundo antiguo conocido y sus hazañas bélicas eran conocidas en distintas culturas.
En el oriente el héroe tuvo una construcción distinta, en “El Ramayana” se concibe a Rama como un personaje que no busca la gloria personal, sino hacer lo correcto, algo que se explica con los estrictos valores morales que son las bases de las culturas de aquella región.
Durante el Imperio Romano la figura del héroe la ocuparon los soldados y emperadores que preservaban el orden dentro del territorio. “La Eneida”, de Virgilio, y “Las Metamorfosis”, de Ovidio, la primera vincula el origen de los romanos con la Guerra de Troya y la segunda trata de explicar la divinidad del emperador Julio César. Ya no solo bastaba con tener héroes, también se buscaba explicar su pasado y su linaje como una herencia de honor.
Durante la Edad Media también hubo héroes, el rey Arturo, el Cid y Juana de Arco tienen en común sus hazañas heroicas, y sirven como elementos de unificación nacional. Aparecen en periodos en los que el Estado-nación no se había consolidado y se necesitaban personajes que encarnaran esa lucha por construir una patria propia, el primero como elemento unificador de la identidad británica, y el segundo es su equivalente en lo que siglos después sería España.
Juana de Arco es un caso muy particular. También ayuda a consolidar un Estado, Francia, pero además lo hace con ayuda divina. Su vida culmina con un martirio tras una serie de hazañas consideradas milagrosas, lo que la convierte en un personaje complejo no solo como heroína, sino también por desafiar roles de género incluso dentro de la propia cosmovisión del cristianismo.
En tiempos más recientes, con la llegada de la Revolución Industrial, los problemas de la humanidad también cambiaron, por lo que el mito del héroe también evolucionó. La ciencia y la religión invalidaban la posibilidad de héroes favorecidos por la divinidad, por lo que la ficción ayudó a resolver este problema: héroes sobrehumanos.
La química, la física y años después el átomo o un origen extraterrestre ayudaron a explicar el poder de estos personajes a quienes se les denominó superhéroes. Durante el siglo XX proliferaron en la cultura popular también como elementos de identidad nacional, como el caso del Capitán América en el contexto de la Guerra Fría.
Estos personajes contemporáneos también tenían algo que sus antepasados no tenían: la lucha no solo era contra la injusticia, sino también contra el poder y el caos. Por primera vez los héroes tenían que revelarse contra la autoridad y a veces los estados para proteger a la gente.
El tiempo pasa y con cada nueva generación el mito del héroe se actualiza quizá porque desde hace cuatro mil años no hemos alcanzado esa justicia que tanto anhelamos.

