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La fiesta del futbol fue nuestra

La Selección de México se rompió el alma en el terreno de juego mientras los aficionados se adueñaron del protagonismo afuera de los estadios.

El Mundial de 2026 se va a recordar por algo que va más allá de las estadísticas, los goles o los planteamientos tácticos: el alma que la afición mexicana le inyectó al torneo. Con apenas once partidos en nuestro territorio —repartidos entre el Estadio Ciudad de México, el Estadio Monterrey y el Estadio Guadalajara—, nos bastó y nos sobró para adueñarnos por completo del protagonismo de la Copa del Mundo.

En la cancha, la Selección también estuvo a la altura del reto. El equipo se rompió el alma, jugó sin complejos y le compitió de tú a tú a las potencias. Ver la desfachatez y el talento de jóvenes como Gilberto Mora, Bryan Gutiérrez, Mateo Chávez y Obed Vargas nos llena de ilusión rumbo al 2030.

Pero el verdadero espectáculo estuvo en la tribuna y en las calles. Desde el primer minuto, el ambiente en las tres sedes fue una locura. Los estadios estuvieron a reventar, convertidos en una marea de cantos y una vibra tan contagiosa que atrapó de inmediato a los extranjeros. Y qué decir de los Fan Festival; ahí, entre el descontrol de ver a la raza unida gritando “¡quiere volar!” mientras lanzaban a los más atrevidos por los aires en plena euforia, quedó claro que nadie en el planeta sabe armar una fiesta como nosotros.

Al final, nos quedamos con ganas de más, pero con el orgullo intacto. En la memoria de la FIFA y de cada visitante quedará grabado que, sin importar quién se haya llevado la copa, la verdadera esencia se quedó en nuestra tierra.

Bien dicen por ahí, y hoy lo firmo con toda la razón del mundo: México no perdió en el Mundial, el mundial perdió a México.

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