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La historia del espectáculo: El cine está más allá del Oscar

¿Estamos ante el último respiro de un premio que ha perdido relevancia?

Hace casi cien años, el 16 de mayo de 1929, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas entregó los primeros premios Oscar en la historia. Fue una ceremonia cerrada, sin alfombra roja, sin cámaras y sin público. Una cena privada para 270 invitados con una condecoración hecha en 15 minutos y que premió, en 12 categorías, a títulos de cine mudo o que mezclaban las primeras técnicas de sincronización de audio, como «The Jazz Singer» o “Wings”. De hecho, la estatuilla, que es igual a la que se entrega en estos tiempos, no se llamaba Oscar; solo era el Premio al Mérito de la Academia.

Años pasaron, en los cuales, para conocer los resultados de los premios, los amantes del cine debían leer la lista que se publicaba en distintos periódicos en Estados Unidos. Aunado a ello, la gala estaba centrada solo en la industria hollywoodense.

Todo cambió con la llegada y popularización de la televisión a principios de los 50. Las familias dejaban de ir al cine y preferían quedarse en casa. ¿La solución? Llevar una premiación a lo mejor del séptimo arte hasta las salas de los hogares, con el único objetivo de recuperar público, sobrevivir a esos tiempos de modernidad y escalar a un público global.

A partir de ahí, casi todas las decisiones por parte de los organizadores fueron hechas desde el marketing y las ventas, no tanto por amor al cine. Las televisoras peleaban por los derechos de transmisión, los mismos que en un principio fueron pagados por la NBC por 100 mil dólares. Ese dinero salvó a la Academia de una crisis económica que parecía inminente, a la par de darles el empuje para comercializar la marca de los Oscar.

Este año la cinta «One battle after another» (P. T. Anderson, 2025) ganó el premio a la Mejor Película.

El crecimiento de un monstruo

Para 1953, con un show más en forma al mero estilo norteamericano, las casas productoras y los estudios vieron la oportunidad de publicitar sus cintas de forma gratuita con el uso de sus estrellas vestidas de gala mientras recibían un premio y daban un discurso que llegara a millones de personas durante la ceremonia.

Decir que la audiencia era de millones de televidentes no es una cifra al aire; la edición de 1953 fue sintonizada por más de 40 millones de personas como testigos de uno de los primeros escándalos en esta entrega de premios: el triunfo de “The Greatest Show on Earth” como Mejor Cinta sobre la favorita “High Noon”.

A partir de ese momento, la Academia apostó su continuidad y perpetuidad de popularidad a los premios, haciéndolos cada vez más grandes, ostentosos y rocambolescos, hasta que el público lograra mimetizar en su mente que los Oscar y el cine nacieron prácticamente juntos y que todo el séptimo arte que no se premia en este evento simplemente no existe para las masas.

La mesa estaba servida. El producto funcionaba y era una maquinaria bien engrasada que, deliberadamente, podía elegir qué premiar mediante un sistema de votos conformado solo por socios de la misma Academia mediante pago de membresía o invitación, quienes no necesariamente tenían siquiera que ver todas las cintas nominadas para ejercer su juicio.

«Shakespeare in love» (John Madden, 1998) ganó seis Premios Oscar, incluyendo Mejor Película, pero luego se dio a conocer que el productor Harvey Weinstein presionó para asegurar el triunfo.

El amaño y el escándalo

Con cada edición, los Oscar se hacían más grandes y dejaban de lado a premiaciones como los BAFTA. La creación de nuevos galardones, como los Ariel o los Goya, también quedaba relegada por la hegemonía norteamericana. La popularidad de la Academia estaba ganada.

Pese a ello, figuras como Alfred Hitchcock o Charles Chaplin fueron ignoradas por los Oscar de manera directa, por lo menos por algunos años. El director de “Psycho” jamás logró levantar una estatuilla como Mejor Director y el protagonista de “Modern Times” era mal visto debido a su postura política en contra de la Guerra Fría. Sí, ambos recibieron posteriormente premios honoríficos, más por presión que por justicia.

Pero el verdadero punto de quiebre llegó en 1999, cuando la cinta “Shakespeare in Love” ganó el galardón a Mejor Película y le arrebató el premio a “Saving Private Ryan”. Todo pudo haber pasado por alto, pero posteriormente se dio a conocer que el ahora infame productor Harvey Weinstein llevó a cabo una campaña publicitaria junto con Miramax para ejercer presión en los votantes y asegurar el triunfo.

El espíritu que quisieron vender desde la Academia por décadas de una entrega justa a lo mejor del séptimo arte quedó expuesto como lo que es: un premio a la popularidad y al aplauso en lugar de a la calidad.

La edición del 2022 es más recordada por la polémica cachetada de Will Smith a Chris Rock.

La desesperada caída

Todo lo que sube tiene que bajar, sobre todo en un contexto posmoderno y actual en el que Estados Unidos poco a poco ha sido opacado por otras potencias en distintos vértices, y el cine no es la excepción.

Con años de vaivenes, en 2021 la premiación recibió el récord de menor audiencia de todos los tiempos. La edición número 94 fue vista por 10 millones de personas, cifra que demostró que el interés en el cine ya era más global y descentralizado.

¿Qué haría Hollywood para volver a atraer audiencia? Inmersos en la sociedad del espectáculo, como podría definirla Guy Debord, la Academia volvió en 2022 con una entrega que el mundo recuerda más por el golpe que Will Smith le dio a Chris Rock en el escenario que por los galardones de la noche, haciendo que todos los focos nos hicieran dudar sobre la realidad misma que se televisó, y que al final ayudó a alzar un poco a la audiencia, pero no como en sus momentos de gloria.

En los años consecuentes, ni la llegada de nuevas categorías, ni el recorte de tiempos en la producción y mucho menos la premiación a cintas populares por encima de títulos que ni siquiera llegan a las nominaciones, lograron atraer a un público más amplio, por lo que la agonía comenzaba a ser más notoria.

Los Premios Oscar 2026 reportaron la cifra más baja de audiencia en cuatro años.

La actualidad incierta

Este año, los Oscar comenzaron más temprano. La premiación inició con el galardón a Mejor Cinta Animada, para ver si tal vez el galardón cantado a “K-Pop Demon Hunters” mantenía un poco atento al público joven.

Sin mucha sorpresa, pero sí con mucho morbo, “Marty Supreme” no se llevó ninguna estatuilla; “Sinners” y “One Battle After Another” se dividieron todos los premios y Conan O’Brien lanzó un par de chistes inofensivos que en realidad parecían declaraciones políticas edulcoradas para todas las edades. El resultado: 17.9 millones de audiencia, la cifra más baja en cuatro años.

Pero eso sí, el último intento para saber si los premios están en el olvido llegó con un gag postcréditos donde, de forma falsa, se anunció que el youtuber Mr. Beast podría ser el presentador de la gala en 2027. Aunque, de momento, todo quedó como una broma.

En caso de ser verdad, la Academia podría hacer lo que sea, como poner a los nominados a participar en dinámicas absurdas para generar videos virales o adoptar un lenguaje más joven. Métodos desesperados en momentos desesperados.

Pero lo cierto es que, si preguntas a casi cualquier persona cuál fue la cinta galardonada en 2019 a Mejor Guion, o la Mejor Actriz de 2020, o el Mejor Score del año pasado, difícilmente sabrán la respuesta, lo que demuestra que los Oscar son una fiesta del momento, no del cine.

Y sí, este año se premiaron producciones valiosas, como “All The Empty Rooms”, una mirada a las habitaciones vacías de niños víctimas de tiroteos en Estados Unidos, o “Sentimental Value”, pero, siendo sincero, todo queda opacado por la parafernalia y el show que hunde lo que en verdad nos importa: el séptimo arte.

Al final, esto no es un llamado a un boicot. Los premios Oscar seguirán existiendo hasta que dejen de ser redituables monetariamente. Pero, como espectadores, como amantes del cine, quizá sea momento de voltear a otro lado y entender que el cine está en otra parte.

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