Algunas especies de aves han desaparecido y otras han reducido su población en los últimos años debido a las actividades humanas.
Las aves nacidas en entornos urbanos enfrentan una problemática situada en comunicarse para sobrevivir como especie. Los polluelos de las grandes urbes libran una carrera contra el tiempo para aprender el lenguaje de los suyos. En algunos casos, morirán sin saber si se comunicaban efectivamente.
El hábitat reducido debido a la expansión territorial del ser humano afecta la capacidad de las nuevas poblaciones para mantener una melodía de supervivencia funcional. La escasez de generaciones adultas de aves que conservan un “dialecto” evita la preservación de los cantos. Las canciones que entonan las aves pueden verse influidas —al igual que ocurre con la música humana— por la edad, las interacciones sociales y la migración.
En siete años, de 2015 a 2022, los mieleros regentes, una especie endémica de Australia, pasaron de entonar un canto típico de apareamiento a una versión recortada del mismo con la mitad de sílabas. La pérdida de su nicho ecológico es la principal causa de la disminución de ejemplares, pasando de mil 500 a 300 en los últimos 30 años.
El canto de las aves es un comportamiento complejo que resulta de una combinación de herencia genética y aprendizaje (lo que se conoce como aprendizaje vocal en los seres humanos). Las camadas nacidas en ciudades o cerca de la mancha urbana son condicionadas a una “deformación del lenguaje” al estar expuestas de manera constante al ruido.
Como otro ejemplo, las poblaciones del gorrión de corona blanca (Zonotrichia leucophrys) tuvieron que hacer adecuaciones de sus cantos característicos ajustando el tono y la frecuencia, debido a la constante contaminación acústica derivada de la actividad humana. Cabe resaltar que en grupos de la misma especie que habitan entornos rurales han registrado poca o nula variación en sus melodías durante las últimas décadas.
El canto de los pájaros se utiliza para repeler rivales, proteger territorios y atraer parejas, eso también da forma a distintas tonadas y aunque no todos aprenden canciones, entre los individuos que lo hacen, los vecindarios y las poblaciones, pueden producir diferentes colecciones de melodías, similares a diferentes álbumes de música.
Lenguaje silenciado para siempre
En las selvas de Hawái, el recital de un ave se convirtió en testimonio de su propia desaparición. El ʻōʻō de Kauai (Moho braccatus), endémico de la isla de Kauai, fue grabado por última vez en la década de 1980; en ese registro, el macho emite su llamado de apareamiento con claridad, repitiendo una secuencia que durante generaciones sirvió para atraer pareja. Sin embargo, no hubo respuesta, pues ya no quedaban hembras. El canto seguía ahí, pero su propósito se había perdido para siempre.
Esto representa no solo la extinción de una especie, sino la ruptura de un sistema de comunicación construido a lo largo del tiempo. En muchas aves, el canto no es únicamente instintivo, también se aprende y se perfecciona mediante la interacción con otros individuos. Cuando una población disminuye, esa transmisión se debilita. Los cantos pueden simplificarse, deformarse o desaparecer, dejando atrás no solo menos aves, sino un paisaje sonoro empobrecido.
Así, la desaparición no siempre ocurre en silencio y, a veces, se manifiesta en un último intento de comunicación que ya no encuentra eco. El canto del ʻōʻō de Kauai permanece como evidencia de un llamado ya no significaba nada para nadie. En ese vacío, más que la ausencia de un ave, queda la pérdida de un lenguaje entero.
A manera de cierre
“Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces; amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero amo más a mi hermano, el hombre”. El rey poeta Nezahualcóyotl.

