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Papa Francisco: Un pacto de humildad

El papa Francisco, Jorge Bergoglio, falleció el pasado 21 de abril a los 88 años, dejando un legado que será difícil de olvidar.

Urbi et orbi es una bendición papal que se pronuncia en latín y se extiende a todo el mundo, no solo a la ciudad de Roma.

Esta bendición, tradicionalmente impartida en Navidad y Domingo de Pascua, es una fórmula solemne que el papa utiliza para expresar su bendición a los fieles católicos y a todo el mundo.

Fue el domingo 20 de abril cuando el papa Francisco hizo un último esfuerzo para dar su última bendición y un último mensaje.

“Renovemos nuestra esperanza y nuestra confianza en los demás, incluso en quienes son diferentes a nosotros o vienen de tierras lejanas, trayendo costumbres, formas de vida e ideas desconocidas. Porque todos somos hijos de Dios” , dijo el nacido en Flores, Buenos Aires, Argentina.

Su biografía oficial es de pocas líneas, al menos hasta el nombramiento como arzobispo de Buenos Aires, pero su vocación nació el 21 de septiembre de 1953, durante la fiesta de San Mateo Apóstol. Tenía 16 años. Antes de asistir a una celebración del Día del Estudiante en Argentina, sintió la necesidad de confesarse en su parroquia. Al encontrarse con un sacerdote que no conocía, experimentó un momento de revelación: «Alguien me esperaba». Tras esa confesión, supo que su camino era el sacerdocio.

Papa Francisco.

El papa Francisco será recordado por devolverle la humildad a la Iglesia. Desde el momento de su nombramiento como líder de los católicos, dejó en claro que su pontificado sería diferente cuando salió al balcón de la Basílica de San Pedro ataviado en una sotana blanca, con sus zapatos negros ortopédicos que utilizaba y usando un sencillo crucifijo en el pecho.

Aproximadamente seis meses después de ser elegido como jefe de la Iglesia católica, durante una entrevista un sacerdote jesuita le preguntó “¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?”. Francisco lo miró en silencio antes de responder.

“Soy un pecador –dijo en esa entrevista de 2013–. Esta es la definición más precisa. No es una figura retórica, o un género literario. Soy un pecador”.

Fue el primer pontífice de América Latina. Aportó una calidez y accesibilidad pastoral a la papalidad que estaba ausente en sus dos predecesores: el papa Benedicto XVI y el papa Juan Pablo II, de acuerdo con Natalia Imperatori-Lee, profesora de Estudios Religiosos en la Universidad de Manhattan de la ciudad de Nueva York.

Parte de esa humildad provino de su capacidad para admitir errores, dice ella. Una vez se disculpó por los comentarios que hizo defendiendo a un obispo acusado de encubrir abusos sexuales por parte de miembros del clero. También se disculpó con las supervivientes de escándalos de abuso sexual clerical.

Francisco enfrentó de lleno uno de los capítulos más oscuros de la Iglesia: los abusos sexuales y sus encubrimientos. Emitió la respuesta más contundente en décadas, obligando a los funcionarios eclesiásticos a reportar los casos y sus intentos de ocultamiento. También se reunió con víctimas, buscando reparar, aunque sea en parte, el daño.

Al ser cuestionado sobre los sacerdotes homosexuales, respondió: “Si una persona es gay y busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. Con estas cinco palabras, Francisco abrió un nuevo camino para la inclusión en la Iglesia.

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