Es innegable que la ley debe adaptarse a la realidad contemporánea, pero esto no es sinónimo de distorsionarla a beneficio de particulares.
Cada 5 de febrero se conmemora uno de los resultados más trascendentes de la Revolución Mexicana, la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917. Para la mayoría, un día feriado. Para nosotros los coahuilenses, esta fecha resuena con fuerza, puesto que si la Carta Magna representa el árbol del que se ramifican todas las instituciones y derechos, su semilla germinó bajo el sol del norte y sus raíces se nutrieron en las tierras áridas de Coahuila de Zaragoza.
Coahuila es el origen de la conciencia política mexicana, desde Parras de la Fuente, Francisco I. Madero entendió que el problema en México no era sólo económico, sino también social, su lucha por el “Sufragio efectivo, no reelección” fue el cimiento del Estado de derecho. “El Apóstol de la Democracia” nos enseñó que el poder absoluto debe tener límites. Sin embargo su asesinato dejó un sabor amargo en la boca y una dolorosa lección: las ideas sin leyes e instituciones que las protejan están condenadas a morir en manos de tiranos.
Fue entonces cuando el “Varón de Cuatro Ciénegas” recogió el estandarte caído de Madero, y en la Hacienda de Guadalupe en el municipio de Ramos Arizpe nació el movimiento Constitucionalista. El gobernador de Coahuila, jefes y oficiales constitucionalistas desconocieron el gobierno golpista de Victoriano Huerta y declararon como comandante en jefe del Ejército Constitucionalista a Venustiano Carranza.
Hoy a más de un siglo de aquel suceso impulsado por la visión coahuilense, surge la pregunta incómoda pero necesaria: ¿queda algo de la Constitución de 1917?
Lo que nació originalmente como un texto claro y preciso se ha transformado con el paso del tiempo en un entramado normativo complejo y farragoso, víctima del manoseo legislativo, que obedece más a los caprichos del Poder Ejecutivo que a una visión estadista.
Nuestra Constitución ha sufrido centenares de reformas, convirtiéndola en un texto excesivamente detallado que parece más una ley reglamentaria que un pacto de principios, mientras que otras constituciones como la de Estados Unidos de América han sufrido solo 27 enmiendas desde su promulgación hace más de dos siglos. Nosotros hemos saturado el texto con detalles administrativos, candados electorales y especificaciones técnicas que deben estar en leyes secundarias.
Una nación de leyes y no de hombres, hoy parece que el hombre tiene el poder de escribir y borrar la ley según sus conveniencias y blindar proyectos políticos temporales.
Sin duda, el México del 2026 es mucho más complejo que el México de 1917, tenemos desafíos que nuestros antecesores nunca imaginaron. Es innegable que la ley debe evolucionar y adaptarse a la realidad contemporánea, pero esto no es sinónimo de distorsionarla para beneficiar intereses particulares.
Recordar que Coahuila es cuna de la legalidad no debe ser un acto de nostalgia, sino de responsabilidad frente al legado constitucionalista. El mejor homenaje que podemos rendir a nuestra tierra es mantener vivos los ideales que motivaron la Revolución.

