En un mundo donde cada año nos vemos inmersos en votaciones, un análisis desde el cine puede ser la salida más factible.
Desde que somos niños, el sistema busca meternos en procesos democráticos y electorales para elegir figuras de poder, representantes o perfiles populares. No es intrínsecamente bueno o malo, pero, sin duda, a medida que crecemos y las cosas se ponen más serias, resulta, casi al mismo nivel, agobiante y necesario. Tanto es así que el mundo del cine no puede ignorar la forma en que las campañas electorales cuentan historias, edifican héroes y buscan vender realidades como si se tratara de un guion bien estudiado que se presenta en tres actos y cumple con el llamado monomito del Viaje del Héroe de Joseph Campbell.
Entre todas esas cintas que abordan el proceso democrático, las comedias son tal vez la mejor forma de satirizar un momento específico repetitivo y predecible por donde se vea. Y ahí es donde entra “Napoleon Dynamite” (2004), de Jared Hess, centrándonos en un contexto escolar que podemos tomar a la ligera al abordar una elección de presidente de clase en una secundaria en Idaho, pero que, al analizarlo, engloba todos los clichés que una campaña, proceso y votación electoral tiene de forma recurrente.
El candidato tradicional contra el outsider
La cinta estrenada en 2004 plantea un escenario sencillo: Napoleon, un joven extraño y nerd, vive encerrado en su burbuja mientras convive con el abuso de sus compañeros de salón, pero todo cambia cuando Pedro, un nuevo alumno hispano, entra a estudiar a la misma secundaria y, sorpresivamente, es postulado como candidato a presidente de clase.
La amistad entre Napoleon y Pedro es natural, pero deben luchar en contra de lo establecido y ganar la elección a los chicos guapos y populares con la poca carisma y habilidades que tienen entre las manos.
Con toques sumamente minimalistas y satíricos, la lucha entre Pedro Sánchez y Summer Wheatley, personajes dimensionalmente opuestos en forma y fondo, nos acercan a la forma en que las figuras atractivas, privilegiadas y con discursos aprendidos de memoria, como Summer, siempre llevan ventaja al ofrecer espectáculo al competir con un candidato como Pedro, que no encaja en la estructura de poder y representa a los sectores más marginados, pero que, como detrimento, no tiene un gramo de gracia estética ni social.
La manera en la que se prioriza la estética sobre la sustancia hace un símil adecuado con las representaciones políticas actuales, mismas que explotan hoy en redes sociales como solución a problemas complejos. Pero la contraparte tampoco se salva, aquellos que centran todo su discurso político en el populismo y las soluciones utópicas sin sustento.
En ambos casos, y sin tomar partido, la elección muestra arquetipos que dentro y fuera de la cinta se entienden como entes que buscan un mismo objetivo con diferentes perspectivas: ganar la elección.
‘Vote for Pedro’
Probablemente, el momento que ofrece más al análisis dentro de una elección es la campaña política. En “Napoleon Dynamite”, Pedro concreta un eslogan sencillo, pero poderoso: “Vote for Pedro”. Una frase concreta que puede usarse en cualquier contexto, es corta y memorable. Aunque, al mismo tiempo, es vacía y no ofrece absolutamente nada a sus votantes.
La campaña de su contrincante tampoco brilla por su inteligencia. Summer ofrece promesas incumplibles con un eslogan que pretende mantener el verano (summer) todo el año.
Ambos candidatos juegan en la línea del discurso y nos orillan a reflexionar cuántas veces hemos escuchado frases pegajosas que en realidad no tienen otro objetivo más que meterse en nuestro cerebro sin brindar soluciones. Pero tampoco se trata de señalar las campañas y el marketing político. Los procesos que funcionan y otorgan un ganador tienden a ser replicados, sin importar lo absurdos que puedan ser detrás de los reflectores y las pantallas.
El debate y el gran baile final
¿Qué sería de una lucha electoral sin un debate? Ese momento en el que los indecisos y críticos buscan una respuesta para definir su apoyo. En la cinta, Pedro y Summer se encaran en el auditorio de la escuela para dar a conocer sus propuestas y cuestionar las de su contrincante. El candidato hispano no se prepara para su discurso y pierde ante la retórica bien ensayada de su oponente.
Y la película bien podría culminar ahí, pero la producción no se llama “Pedro Dynamite”. Napoleon entra en escena y, con el baile más ridículo y épico en la misma medida, arranca los aplausos de todo el público, lo que se traduce en un apoyo inmediato a Pedro.
Volviendo a la realidad, las elecciones en momentos como los que vivimos parecen no definirse por propuestas ni debates, sino por momentos virales bien colocados que generan reacciones orgánicas que cambian por completo la narrativa del proceso. Solo basta voltear a ver a gobernantes que centraron sus campañas en memes de redes sociales para entender que las narrativas son, a veces, más importantes que las propuestas.
La realidad
Al final, no es que el director Jared Hess, con una cinta independiente producida por MTV, haya predicho el futuro hace más de 20 años, pero sí logró retratar de forma precisa cómo la política del espectáculo trabaja más en generar emociones genuinas con campañas pensadas en momentos, no en propuestas.
Al parecer, lo viejo que suenan las propuestas técnicas acartonadas y establecidas, las promesas vacías, la forma en la que se nos vende autenticidad y la capacidad de generar esos escenarios virales engloban mucho más el interés de los votantes.
Pero, en el mundo real lejos del cine, la seriedad de las campañas es más relevante que un baile de dos minutos. Solo queda esperar que este 7 de junio no debamos elegir entre Pedro y Summer, porque nuestras vidas no son una cinta que se acabará en dos horas.

