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Soy de la calle. Cómo perritos sin dueño se volvieron parte de la comunidad universitaria

A través de Ñaña y Payaso, esta crónica explora el vínculo milenario entre humanos y perros, y las lecciones de empatía que surgen a través de la convivencia.

Antes de que las aulas se llenen de estudiantes, Ñaña y Payaso ya están ahí. No se inscribieron en ninguna materia ni fueron contratados como personal docente, administrativo o de intendencia, pero sí cuentan con credencial, dejan enseñanzas, dan seguridad y aparecen en una lista oficial. Son los perros de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) en Saltillo.

No son los únicos. Desde su fundación, hace más de 40 años, la escuela ha acogido a un sinfín de perritos de la calle, algunos encuentran refugio temporal y siguen su camino, otros se han quedado durante varias generaciones. ¿Qué es lo que encuentran estos animales que los alienta a quedarse? La respuesta obvia es comida y techo. La respuesta profunda es “familia”. 

Ñaña.

“A veces la familia se elige. Nosotros los elegimos a ellos, pero ellos también nos eligen a nosotros. —dice Miguel Barroso, maestro con 20 años de experiencia en la Facultad, actualmente coordinador de “Portavoz” y del podcast “Experiencia Media”—. Se genera un vínculo muy padre. Nos ayudan a vigilar y a cambio reciben mucho amor y una familia a la cual pertenecer”.

Payaso.

Estos perros —Ñaña y Payaso, como antes el Negro uno, Negro dos y Negro tres, Canelo, Perrini, la Negra, entre muchos otros— forman parte de la comunidad universitaria. Y como prueba están las colectas para las croquetas, organizadas por docentes y alumnos, las visitas al veterinario, la aplicación de vacunas y esterilizaciones; la limpieza y baños a cargo de intendentes. Además, que algunas perritas hayan dado a luz en la escuela y que estudiantes y maestras, como Gabriela de la Peña, hayan adoptado cachorro. O que alumnos bauticen a los perros según características físicas o de personalidad; por ejemplo, Payaso recibió ese nombre porque llegó a la universidad con unas marcas y lagañas en los ojos que semejaban el rostro de un payaso cholo y triste; incluso la Ñaña aparece en el mural de la Facultad de Ciencias de la Comunicación.

Miguel Barroso, catedrático.

Una relación milenaria

Bajo el cielo claro de primavera o con los primeros rayos del sol en otoño, Ñaña y Payaso reciben en el estacionamiento al profesor Francesco Gervasi a las 7:30 de la mañana. Se le acercan como si les diera gusto verlo bajando del coche, seguramente perciben rastros del amor que Francesco le tiene a los gatos, pero al verlo a los ojos —gracias a la liberación de oxitocina, hormona asociada con el apego, el cuidado parental y vínculos sociales— saben que él está dispuesto a abrir su corazón. “Me empezaron a ver y dijeron ‘de aquí soy’. Son bien simpáticos”, dice en su oficina, con una bolsa de croquetas que les da por la mañana. “No tengo perros, nunca he tenido perros, pero son animalitos… ¿cómo no hacer algo así?”.

Francesco Gervasi, profesor investigador.

El vínculo entre los humanos y los perros domésticos nació hace 15 mil a 30 mil años, de acuerdo con la explicación científica más aceptada, como la que expuso Neil deGrasse Tyson en el documental “Cosmos: Una odisea en el espacio-tiempo (2014)”, cuando el ancestro de los perros y lobos actuales empezó a convivir en los campamentos de cazadores-recolectores para alimentarse de los restos de comida. Con el tiempo, este ancestro desarrolló rasgos que lo diferenciaron del lobo, como menor agresividad, mayor sociabilidad y capacidad para interpretar señales humanas. La relación fue benéfica para las dos especies. Los perros obtenían comida, protección y mayores probabilidades de sobrevivir, mientras que los humanos aprovecharon las habilidades caninas para resguardar su territorio, localizar, rastrear y cazar presas. ¿Es válido imaginar que hace miles de años las personas también sintieron cariño por estos animales?, ¿que los perros formaron parte de la comunidad y no eran solo vistos como herramientas?

Cuando el intendente Rogelio Esquivel se levanta de la silla y sale de la oficina, Ñaña y Payaso lo siguen. Cuando él entra a un salón, ellos lo esperan afuera. Cuando él se sienta, los perros se echan a sus pies y él los acaricia. En el año y medio que tiene trabajando en la escuela, descubrió que Ñaña es más amigable e inquieta, aunque más viejita, y que Payaso puede ser un poco rudo, pero cuando ve que la Ñaña recibe cariñitos, él se acerca. Y cuando Rogelio hace rondines por la noche, los perros caminan a su lado, escuchan, olfatean y ladran si hay algo fuera de lo normal, como una persona que se acerca a la Facultad. 

Rogelio Esquivel, intendente.

Lecciones para la comunidad

Hace más de 15 mil años, los perros y los humanos formaron una alianza evolutiva: cada especie modificó el entorno de la otra y ambas obtuvieron ventajas adaptativas. ¿Los Homo sapiens del Paleolítico aprendieron algo de los perros, así como hoy esta convivencia deja enseñanzas a estudiantes y docentes de la Facultad de Ciencias de Comunicación? ¿Es posible que la empatía y los rasgos que nos humanizan se hayan fortalecido con el trato con otras especies?

“En la Facultad nos cuidamos como estudiantes, pero también cuidamos a los animales como alguien de la familia. Creo que es una lección muy importante que les damos a los estudiantes”, dice Iván Mora, responsable del Departamento de Relaciones Públicas del plantel.

Iván Mora, responsable del Departamento de Relaciones Públicas de la Facultad de Ciencias de la Comunicación.

Tal vez alguien hace miles de años, después de una jornada de caza o recolección de frutos, raíces, semillas, huevos, o después de pasar horas fabricando herramientas, reparando ropa, procesando alimentos, cuidando niños, o quizás después de escuchar historias o rituales junto al fuego, o simplemente descansando en ese mundo inmenso y misterioso, tal vez alguien acarició el lomo de un perro y sintió algo inexplicable que le alegraba el día.

“Siento que nos hacen sentir mejor”, dice Luis, estudiante de primer semestre. “Sales estresado, lo acaricias, te alegra el día”, complementa Melani, también de recién ingreso. “Es importante que cuidemos a los animales porque también forman parte de este mundo”, reflexiona Álex, de segundo semestre. “Que esa responsabilidad sea dividida entre alumnos y docentes significa compromiso y valores humanísticos”, opina Said, de segundo.

Quizá también hubo personas que en tiempos ancestrales sintieron miedo frente a un perro echado en el camino, así como la catedrática Silvia de la Cruz, que el primer día de clases cuando era estudiante se topó con el Negro en la puerta del salón y, temerosa, cruzó el umbral luego de que un compañero le dijera “Acostúmbrate porque son parte de la Facultad”. 

Silvia de la Cruz, catedrática.

Sin duda, hubo personas mordidas, porque a veces la familia es así. Bien dice el dicho “primero mis dientes que mis parientes”. Esto le pasó a Alison, de primer semestre, cuando recién entró a la universidad. “Pero era un perrito de otra parte, porque los perritos de aquí son muy amigables y cariñosos”. Alguien adoptó a ese perro.

Canelo.

Enseñanzas para humanizar

Hace más de 15 mil años, los seres humanos amaban a sus hijos, lloraban a sus muertos y realizaban rituales. ¿Qué sentían por los perros con quienes vivían, cazaban y dormían juntos? 

El descubrimiento de los restos de un cachorro junto a un humano en una tumba con una antigüedad aproximada de 14 mil años en Bonn-Oberkassel, en Alemania, apunta a que las personas también pudieron haber tenido una relación afectiva con sus perros. Los análisis, publicados en National Geographic bajo el título “Vínculos afectivos entre humanos y perros hace 14,000 años”, revelaron que el cachorro padeció una enfermedad grave y sobrevivió durante semanas gracias a cuidados humanos. ¿Por qué una comunidad de cazadores cuidaría a un animal que no los puede ayudar y que representa un costo para el grupo?

¿Por qué ahora los restos de uno de los perros bautizados como Negro yace en los jardines de la Facultad de Ciencias de la Comunicación? En ese entonces, alumnos colocaron piedras para marcar el límite de la tumba. “Se le hizo todo un homenaje y era parte importante de la comunidad”, recuerda la maestra Silvia de la Cruz. “El exdirector Alfonso González tiene las cenizas del primer Negro que hubo aquí, que era muy noble”, apunta el catedrático Miguel Barroso. Los Homo sapiens seguimos descubriendo el amor a través de los animales. “Una comunidad académica tiene que enseñar también a saber vivir y saber vivir significa ayudar a quien lo necesita, en este caso son perritos”, dice el profesor Francesco Gervasi. Es curioso que lo que nos humaniza también nos acerca a lo sagrado de la vida.

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