Los algoritmos marcan el pulso de la opinión pública, cada vez más con más noticias falsas y discursos de odio.

Nunca en la historia de la humanidad estuvimos tan informados como hoy en día; basta encender cualquier pantalla para recibir datos de cualquier tipo, sean solicitados o no. Esto podría crear una ilusión de que personas tan informadas conformarían sociedades más conscientes y menos ignorantes.

Sin embargo, el escenario es distinto, el acceso masivo al internet ha masificado los movimientos terraplanistas y antivacunas. Este fenómeno se le llama posverdad y se comenzó a estudiar en la segunda mitad del siglo pasado cuando se identificó que las audiencias respondían más a sus emociones ante la desconfianza que generaban las narrativas de los medios de comunicación.

La posverdad (post-truth, como se le conoce en inglés) ganó mayor relevancia en este siglo con el auge del internet, pues, ante la desconfianza de los medios como la radio, la televisión y la prensa, las audiencias encontraron en el internet un espacio “seguro” para opinar lo que sucedía en su entorno o en el contexto global.

El acceso masivo a internet no ha creado personas más informadas y sociedades más conscientes.

Esto ocurrió en momentos en los que las redes sociales como Facebook y Twitter (hoy X) nacían y conectaban a miles de personas con intereses afines. En sus inicios estas plataformas fueron vistas como una alternativa a los medios masivos de comunicación y se popularizó el término “periodista ciudadano”, aquellas personas que documentaban sin filtros lo que ocurría en su entorno.

La ilusión de que las redes sociales construirían una sociedad más informada no tardó en diluirse. Sin filtros, las personas encontraron en redes sociales espacios donde otras personas compartían opiniones semejantes y, por la estructura de los algoritmos de estas plataformas que privilegian la permanencia dentro de ellas, el alcance de opiniones desinformadas se multiplicó.

Proliferaron los grupos y foros donde los usuarios no solo compartían opiniones desinformadas, sino también que podrían representar delitos; sin embargo, los usuarios no percibían esto como algo negativo, sino como un lugar “seguro” donde creían compartir información y material rompiendo la censura de los medios de comunicación.

Estos espacios eran caldo de cultivo para la manipulación y no tardaron en ser aprovechadas por gobiernos e instituciones para mover la opinión pública a favor o en contra de algo.

Han proliferado grupos de usuarios que comparten opiniones desinformadas y discursos que podrían representar delitos.

En el contexto geopolítico, esto ocurrió mientras había un distanciamiento entre Estados Unidos y Rusia; el primero y sus aliados buscaron limitar el alcance militar y económico del segundo, mientras que la respuesta de Moscú fue, según investigaciones posteriores, sabotear a sus rivales de manera tan sutil y discreta que no se percataron hasta que el daño estaba hecho.

Las redes sociales alentaron el nacionalismo, presuntamente desde Rusia, para impulsar en 2016 la salida de Reino Unido de la Unión Europea y en 2017 la independencia de Cataluña de España. El objetivo era desestabilizar la hegemonía del bloque europeo, o como se dice en México: “Divide y vencerás”. 

Mientras eso sucedía en Europa, en Estados Unidos ganaba las elecciones presidenciales Donald Trump con un fuerte mensaje xenófobo y nacionalista; la antítesis de todos los “valores estadounidenses”. 

Este comportamiento de los votantes tiene su origen en la posverdad, pues los usuarios priorizaban en plataformas digitales contenido que afín a sus posturas políticas, aunque estas fueran cuestionables. 

Desde el poder, Trump alentó la percepción de que los medios emitían fake news, por lo que sus seguidores confiaban más en él y en sus medios alternativos: las redes sociales. Sin embargo, en la recta final de su Administración, su movimiento se topó con pared.

Es necesario comprar, verificar y ser más críticos con las noticias que se consumen.

Durante la pandemia, proliferaron noticias falsas que fueron validadas por los internautas sin evidencia comprobable: el origen chino del virus, remedios inútiles, las cifras de muertos, incluso la propia existencia de la enfermedad.

Con el regreso de Trump al poder, este fenómeno se ha reavivado. Las guerras en Ucrania, Gaza e Irán alientan distintas posturas a favor o en contra de los grupos beligerantes y la gente elige en qué creer, muchas veces validando o negando crímenes de lesa humanidad a su conveniencia. 

En un escenario tan saturado de información es necesario no solo mantenerse informado, sino también comparar, verificar y ser más críticos con las noticias que se consumen. No solo como un compromiso con la verdad, sino también como un ejercicio de autocrítica y objetividad.