El notariado no es sólo función técnica, es una institución de certeza jurídica, de paz social y de confianza.
Me estreno como columnista con este texto. Tengo fe que será de su interés.
Todos confiamos todos los días, tener fe es confiar, es creer que algo sucederá, aun sin tener pruebas. Confiamos en que alguien cumplirá su palabra, en que un acuerdo se respetará, en que las cosas sucederán como se prometieron.
Pero llega un punto en que confiar no es suficiente, hace falta algo más: tener certeza.
Ahí entra la fe pública. La garantía que un acto es verdadero porque está respaldado por el Estado. No nace sola: viene del pueblo, que le da esa facultad al Estado a través de la Constitución.
El Estado delega esa responsabilidad en notarias y notarios. Por eso, cuando se firma un documento ante nosotros, no solo se confía en un acuerdo: se le da certeza jurídica.
Eso implica una responsabilidad clara, quienes ejercemos el notariado no somos dueños de la fe pública; la recibimos provisionalmente para ejercerla. La fe pública es del pueblo.
Por eso el notariado no es sólo función técnica, es una institución de certeza jurídica, de paz social y de confianza que se confirma en cada acto que autorizamos. En el trabajo diario del notariado, se fortalece la seguridad jurídica del pueblo.
De ahí la importancia de ser notarios cercanos a la gente, de territorio y no solo de escritorio, porque nuestra función se realiza plenamente en el servicio a los demás.

