El 8 de marzo no es una fecha para felicitar, sino para reflexionar. Es un día para reconocer lo que las mujeres han conquistado y, al mismo tiempo, para preguntarnos qué transformaciones siguen pendientes para construir una sociedad verdaderamente justa.
Hoy vivimos un momento histórico. México tiene por primera vez a una mujer al frente del Ejecutivo federal, la doctora Claudia Sheinbaum. Su llegada simboliza décadas de lucha de mujeres que exigieron educación, derechos, participación y reconocimiento. Pero este avance no es aislado. Hoy la paridad es una realidad en congresos, alcaldías y espacios de liderazgo político. También se observa cada vez más en el ámbito empresarial, y social, donde las mujeres ocupan posiciones desde las cuales influyen en decisiones.
Como profesora, veo con esperanza cómo las niñas participan con seguridad, opinan sin miedo y se imaginan con un futuro donde sus capacidades no estén limitadas. Como legisladora, confirmo que esa transformación ya está ocurriendo: las mujeres no solo participan, están construyendo agendas, políticas y proyectos trascendentales.
Sin embargo, este ascenso no ha implicado abandonar los roles tradicionales. Las mujeres siguen siendo el sostén emocional y organizativo de los hogares mexicanos y coahuilenses, responsables del cuidado de hijos, personas mayores y de la vida cotidiana. El problema no es que desempeñen esos roles, sino que históricamente se han invisibilizado y soslayado.
Esa desvalorización, en realidad, podría ser la raíz de muchas de las demás desigualdades que enfrentamos las mujeres. Cuando el cuidado, el trabajo doméstico y la formación de valores se consideran tareas menores, también se minimiza a quienes los realizan. Y, sin embargo, esos esfuerzos son los que le dan sostenibilidad a la vida y fortalecen el tejido social.
Tal vez la transformación cultural más profunda que necesitamos no sea únicamente abrir espacios públicos, sino rescatar la idea y relevancia de la “matria”: reconocer que los cuidados, el trabajo doméstico y la transmisión de valores, que protegen y guían, son tareas esenciales para la sostenibilidad de la vida y la cohesión. Sin esos esfuerzos silenciosos no existirían comunidades sanas, economías funcionales ni democracias sólidas.
Revalorar esos roles no significa encasillar a las mujeres en ellos, sino comprender que sostienen la base misma de la sociedad. Es reconocer la centralidad de la mujer en la construcción de una sociedad más humana y justa. Esa conciencia debería echar raíces tanto en los poblados alejados como en los centros urbanos más dinámicos, porque la igualdad real no se decreta. Por el contrario, se construye desde la cultura cotidiana.
El 8 de marzo debe ser un recordatorio de lo que hemos avanzado y de lo que aún debemos transformar. Cuando una mujer accede a la educación, crece una familia. Cuando participa en la vida pública, se fortalece la democracia. Y cuando la sociedad reconoce su esencialidad, se vuelve más humana y sostenible.
Las mujeres no solo están abriendo camino. Están redefiniendo lo que significa avanzar como país.

