Gabriel García Márquez retrató a los dictadores latinoamericanos en una obra que hoy sigue tan vigente como hace medio siglo.

Un dicho popular señala que si quieres conocer realmente a alguien debes darle poder. El difícil acceso a esta facultad la ha convertido, junto con la inmortalidad, en una de las grandes aspiraciones del ser humano desde la antigüedad, inspirando a todas las artes.

En la literatura sobresale una obra que por nuestro contexto latinoamericano nos es tan familiar como incómoda. En 1975 Gabriel García Márquez publicó la novela “El otoño del patriarca”, una obra que desde entonces ha dividido a los lectores, o la aman o la odian.

Como toda obra artística, esta novela debe ser analizada en su contexto y esta fue publicada en plena Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban la hegemonía del liderazgo global.

Latinoamérica no estuvo exenta de esa disputa y estas tierras fueron escenario de intervenciones, golpes de Estado y dictaduras militares para impedir el ascenso del socialismo en la región. Sin embargo, también hubo países donde las revoluciones sí dieron paso a gobiernos con este modelo económico, como fue el caso de Cuba.

“El otoño del patriarca es el ocaso de un régimen, el fin de una era de opresión y terror. Pero la sombra del patriarca se alarga sobre la patria, y su poder perdura más allá de su muerte”.

Gabriel García Márquez, “El otoño del patriarca”.

García Márquez identificó que sea quien sea que asumiera el poder se convertía en una figura mítica, la proyección misma de los gobernados, con sus virtudes y también sus defectos.

En esta obra conocemos la vida del Patriarca, un hombre que llegó al poder tras un golpe militar, pero que se ganó el cariño de su pueblo porque también era generoso y carismático. Se quedó tantos años en el poder que nadie recordaba cuánto tiempo llevaba gobernando y su persona se fue convirtiendo en un mito vivo, en un ser que no solo ostentaba el poder humano, sino también el sobrenatural.

Nunca se menciona en qué lugar ocurre la historia, pero podría tratarse de cualquier lugar de Latinoamérica, porque todos los dictadores de la región se parecen al Patriarca: viejos, poderosos y envueltos en el mito que pareciera que son inmortales.

Quizá por eso a algunas personas no les gusta el retrato de este personaje, porque se parece mucho a Fidel Castro. Sin embargo, podría también ser un retrato de Jorge Rafael Videla, de Argentina; João Baptista Figueiredo, de Brasil; Augusto Pinochet, de Chile; Carlos Castillo Armas, de Guatemala; los Somoza y Daniel Ortega en Nicaragua; François Duvalier, de Haití; Gustavo Rojas Pinilla, de Colombia; o hasta Antonio López de Santa Anna y Porfirio Díaz, de México.

La novela “El otoño del patriarca” fue publicada en 1975.

El autor colombiano plasmó un retrato fiel de los gobernantes latinoamericanos de su tiempo, sin importar si son dictadores de derecha o de izquierda, porque cuando el poder se ejerce de forma violenta contra los ciudadanos es represión.

El poder que ostentan los dictadores parece infinito, pero sus vidas no lo son, por lo que en esta obra no conocemos todos los abusos que un gobernante puede cometer, sino lo que sucede cuando la edad hace más pesada la carga de un gobierno.

Es ahí donde entra en juego la otra parte de la maquinaria del poder, los cómplices silenciosos de las dictaduras: los pueblos complacientes. García Márquez no se limitó en retratar a un gobernante vetusto, sino también a sus gobernados.

Cuando el Patriarca es tan viejo que todo su régimen podría colapsar con su deceso, el pueblo lo convierte en un ser sobrenatural. No porque realmente lo fuera, sino porque había personas encargadas de hacerlo posible y muchas más que lo creían. 

El Patriarca no solo podría hacer nombramientos, hacer y deshacer leyes, gobernar únicamente con la palabra, sino también controlar el tiempo, los cielos, el mar y la tierra. Era tan necesario convertirlo en un ser divino para perpetuar el poder que incluso su círculo cercano estaba influido por esta cosmovisión popular. Su madre, al morir, fue canonizada por el pueblo y llevada en procesión por todo el país tras descubrirse que su cuerpo era incorrupto y tenía el poder de sanar a los enfermos y hacer cualquier tipo de milagros. Todo era falso, leyendas populares, porque el cuerpo de la mujer estaba disecado y relleno de estropajo.

García Márquez retrata el poder de un dictador, pero también toda la estructura popular que lo sostiene. Hoy, a 51 años de su publicación, esta obra sigue tan vigente como durante la Guerra Fría, por lo que su lectura es necesaria como recordatorio de que el poder corrompe a quien lo ejerce, pero también a quienes entregan ese poder con fe ciega.