Entre la bruma y la cerveza, una abuela fugitiva, cicatrices de cantinas y perros guardianes habitan esta crónica sobre la soledad y la búsqueda de un hogar.
La niebla baja como un animal lamiendo nuestras heridas. Me pregunto si su lengua húmeda también borra el rastro que dejan los perros para regresar a casa. Hay tantos aullidos en la noche como mensajes escondidos en las botellas. Si afinamos el oído, podremos escuchar el oráculo de cada bebedor en esta ciudad oculta entre la bruma. Beber es buscar un hogar. La niebla de Saltillo se interna en el corazón de todas las cosas.

Abuela de las caguamas
Una viejita sale del expendio empujando una carriola rellena de caguamas, perseguida por gritos que la acusan de irse sin pagar. El despachador, un hombre moreno, canoso y que se jacta de pelear ante cualquier pelado, la detiene. Dice, mirándome, que no es la primera vez que lo intenta. Ella responde algo en voz tan baja como una letanía en el rosario, pero en vez de un “ruega por nosotros” saca un billete de un monedero ajado igual que su vestido. El repiqueteo de los envases recuerda que en algún lugar del mundo las campanas llaman a misa o a disfrutar la noche. Ella está lista para entregar su alma. Desparece junto con la camada de cervezas al cruzar la calle, de seguro rumbo a un hogar donde alguien la espera, reza por ella y la llama abuelita o madre santa.

Flaco y filereado
Un joven se levanta la playera y muestra con orgullo la cicatriz en el abdomen: me filerearon en el bar Monclova, ya me andaba muriendo. Es tan flaco que me cuesta imaginar cómo el arma no salió por la espalda o cómo ninguna de las vísceras vitales fue perforada. Llegó con un six de Tecate Light a la barbería, se sentó en el sillón de vinipiel agrietada y empezó a contar la historia de cuando el barbero le salvó la vida. Son amigos del barrio y por la mañana trabajan en la misma empresa de televisión por cable e internet. A veces los policías confunden al barbero con un cricoso y le bajan feria para no treparlo a la patrulla. Es también un hombre flaco, ojeroso, con el pelo corto, piel quebradiza como de reptil antiguo. Cuando su gorda no está en la barbería, así le dice de cariño a su mujer y madre de sus tres hijos, él se queja de que ella no lo valora, que no intenta hacer bien las cosas, que no entiende que es su único amor —aunque aclara que la niña de sus ojos es su hija— y no anda de volado con las morras del jale, que sí las saluda y les saca plática y las hace reír porque así es él con todo mundo. El problema es que ella se deja influenciar por su familia, soldado, dice, con ese vocativo que utiliza para clientes, amigos y desconocidos.
El joven le pasa una cerveza al babero, y este último me ofrece una lata. La fuerza del alcohol y las palabras nos transporta a una noche en la cantina Monclova: suelo mugroso, paredes cacarizas, meseras alegres. Un maistro le cantó un tiro al joven. ¿Por qué? El barbero responde que nomás porque sí, porque hay gente que no se apacigua hasta que le entran los chingazos. Yo creo que hay gente que no soporta la alegría que la bebida brinda al prójimo. Y así como lo ves de flaco, mi compadre le atoró macizo y le puso al maistro, dice el barbero. Humillado, el señor, un mecánico de entre cincuenta y sesenta años que trabaja en la colonia, regresó a su lugar, abrió la mochila, sacó un desarmador y se lo clavó en el abdomen al joven. Después salió corriendo.
Uno no puede tener tan mal corazón si un perro te adopta.

El barbero subió a su amigo en un Didi y lo llevó al Seguro Social. En el camino, el joven se tapó el agujero en la panza y no cerró la boca: pidió que le hablaran a su mamá, a su esposa, a su rorris, se despidió y no paró de balbucear hasta que los camilleros lo metieron a una sala de urgencias del hospital. El barbero no tenía los contactos de la familia para avisarles, pero esa noche la primera visita fue de la amante. Y cuando la esposa llegó, no la dejaron pasar porque ya había alguien con el paciente.
¿Quién le habló a la esposa? La mujer del barbero responde que fue ella, sentada en el otro sillón desvencijado de la barbería. Durante toda la plática ha tomado cheve, reído y visto TikTok en el celular.
A diferencia de los perros que se pierden en la lluvia, el joven regresó a casa. Y ahora anda suelto. Se ha topado al maistro de nuevo en el Monclova y en el taller a la vuelta de la cantina. El mecánico solo desvía la mirada. Brindamos. Mi trago tiene pelos diminutos. Imagino que el del barbero también. En el aire flota humo de cigarro. Por la bocina sale un corrido tumbado. En el suelo se acumulan los cabellos de otros clientes junto a esqueletos de cucarachas y latas de cerveza. Al día siguiente seguirán ahí, la cantina desaparecerá del barrio y nosotros estaremos en la oficina o en la calle, flotando como residuos sobre aguas negras tras la lluvia, anclados al trabajo por una correa imaginaria.
Vinimos a esta ciudad a trabajar. Es un purgatorio. Un conducto de cosas inmundas. Algunos se enamoran, otros se matan.

Lobito es amor
Uno no puede tener tan mal corazón si un perro te adopta, pienso mientras veo al perro que entró tras de mí y de mi novia a la cantina Torreón y se echó junto a un par de hombres claramente ebrios y festivos, que ahora le hacen caricias. Lucen aterrados como si hubieran pasado todo el día en la construcción de una obra. Me preguntan si es mío. Contesto que no, que me siguió. El perro, de aspecto joven, inquieto, color gris y blanco, me mira y parece que sonríe. Uno de los borrachos le dice pssst, lobito, y le pasa la mano por el lomo. No dura en el suelo ni una canción escupida por la rocola porque la cantinera lo echa, pero le lleva un plato de comida.
Una cumbia colombiana retumba furiosa entre las paredes amarillentas que dan cobijo a diez humanos embrutecidos por el alcohol, con la esperanza de que el día siguiente —inhábil— sea una especie de venganza contra el trabajo y la vida. El perro regresa y se une al grupo. ¿Se habrá perdido o nos presume su libertad? De nuevo se echa a los pies de los hombres para ser acariciado. La cantinera baila como un gavilán que desciende por su presa, pero esta vez deja que el perrito se quede. A nadie le hace daño su soledad canina. Huele a basura y mugre, como mi Torreón, pero húmedo como un rastro. Vinimos a esta ciudad a trabajar. Es un purgatorio. Un conducto de cosas inmundas. Algunos se enamoran, otros se matan. Bajo el cielo nocturno o durante las horas en que las nubes se pintan de colores rosas y naranjas, quizás algunos se encuentren. ¿Estaremos soñando? ¿Al final del arco iris habrá un lecho al que podamos llamar hogar? Cuando estamos a punto de cruzar las puertas de vaivén de la cantina, los dos hombres que acarician al perro nos dicen sayônara. Lobito nos sigue. Me pregunto si huele mi corazón solitario —enamorado y correspondido, sí, pero con una mala semilla de nacimiento— y me prodiga su compañía porque sabe, gracias a su telepatía animal, que estoy perdido y sigo sin ganarme la muerte o el infierno.
