Muchos problemas legales empiezan mucho antes de llegar a un juzgado. A veces nacen con frases muy comunes: “ahorita”, “luego lo vemos” o “el lunes queda”.
No siempre se trata de fraude, pleitos o mala fe. En muchas ocasiones, el conflicto comienza por dejar para después una decisión que pudo haberse tomado a tiempo.
Procrastinar es aplazar. Es saber que algo es importante, pero sustituirlo por algo más fácil, más cómodo o simplemente dejarlo para “después”.
Y no es un fenómeno nuevo. Hace casi dos mil años, Marco Aurelio ya reflexionaba sobre lo difícil que puede ser vencer esa resistencia cotidiana. En sus Meditaciones escribió:
“Al amanecer, cuando te cueste levantarte, recuerda: me levanto para hacer el trabajo de un ser humano. ¿O nací para permanecer acostado entre las sábanas…?”.
La idea sigue siendo vigente: no siempre tenemos ganas, pero hay cosas que simplemente debemos hacer.
Todos hemos pospuesto algo importante. Pensamos que habrá más tiempo, que el próximo mes será mejor o que todavía no urge. Sin embargo, en materia jurídica, esperar puede salir caro.
En el notariado lo vemos con frecuencia: personas que durante años dijeron que harían su testamento “el próximo mes”. Debo confesar que yo mismo, siendo notario, también postergué el mío durante varios años.

El resultado es que un trámite relativamente sencillo puede convertirse en un procedimiento largo, costoso y emocionalmente difícil. A veces el precio se paga con dinero; otras, con la tranquilidad de una familia.
Es común encontrar escrituras que nunca se firmaron, contratos que quedaron únicamente en un acuerdo de palabra, inmuebles que cambiaron de dueño sin formalizarse o familias que, durante años, dejaron pendiente un testamento creyendo que todavía habría tiempo. En ese momento todo parece funcionar bien y la urgencia no existe. Sin embargo, cuando llega un fallecimiento, un conflicto entre familiares o la necesidad de vender una propiedad, aquello que pudo resolverse con una firma termina convirtiéndose en un procedimiento complejo. En materia jurídica, el tiempo rara vez arregla los problemas; con frecuencia los hace más difíciles y más costosos.
Nos hace falta fortalecer la cultura de la prevención. Con demasiada frecuencia buscamos ayuda cuando el problema ya estalló, en lugar de actuar antes de que aparezca.
En ocasiones, las consecuencias llegan a tal grado que el propio gobierno debe intervenir mediante programas de regularización. Hace apenas unos días se entregaron 500 escrituras de un total de 2 mil. Ese esfuerzo representa una solución para muchas familias, pero también nos recuerda que una parte importante de esos problemas pudo evitarse si los documentos se hubieran puesto en orden oportunamente.
Prevenir no es exagerar. Hacer un testamento no llama a la muerte; protege a la familia. Escriturar no es gastar de más; protege el patrimonio. Otorgar un poder no significa perder el control; significa estar preparado.
En pocas palabras, la función del notariado consiste en ayudar a tomar hoy las decisiones que pueden evitar los problemas de mañana.
Por eso campañas como Septiembre, Mes del Testamento son tan valiosas: nos recuerdan que hacer un testamento no es pensar en morir, sino pensar con responsabilidad en quienes más queremos.
El derecho puede resolver muchos conflictos, pero no puede devolver el tiempo perdido. Por eso, cuando se trata de proteger nuestro patrimonio, nuestra familia y nuestra tranquilidad, el mejor momento para actuar es hoy.
