Contemplar las obras sin los prejuicios que tenemos sobre sus creadores es necesario para evitar la autocensura y los linchamientos mediáticos.
El arte es el conjunto de herramientas a través del cual el ser humano ha encontrado la forma de expresarse y comunicar desde las emociones más básicas hasta las ideas más revolucionarias.
Sin embargo, el arte y los artistas siguen bajo el escrutinio público hoy en día como hace siglos; antes quemaban personas en juicios arbitrarios y hoy el fuego se ha reemplazado por la cancelación, o funa, en el argot de las redes sociales.
Cada vez que sale a la luz algún escándalo de un autor, surge la duda sobre si se debe separar al arte del artista, se le cancela, todos opinan sobre su vida, y después la controversia pasa al siguiente artista con su respectiva funa.
Las redes sociales, con sus algoritmos diseñados para validar la opinión personal por encima de las discusiones incómodas y diversas, son el terreno fértil para el juicio colectivo y feroz contra los artistas.
Esto ha llevado a algunos artistas a la autocensura para evitar ser los próximos enjuiciados en las redes sociales, limitando e incluso coartando la libertad artística. Resulta paradójico que en el momento histórico en el que difundir arte es más fácil y accesible para todos, es cuando también proliferan prácticas inquisitorias contra los artistas.
Las redes sociales son el terreno fértil para el juicio colectivo y feroz contra los artistas.
Se necesita ser muy ingenuo para creer que no abordar violencias, genocidios, crímenes y abusos va a evitar estos problemas. Históricamente el arte ha sido una herramienta para, desde distintas disciplinas, denunciar estas atrocidades.
Además, cada vez es más común escuchar y leer gente que públicamente reconoce no consumir arte si su creador tiene una postura ideológica distinta a la suya, si ha estado envuelto en alguna controversia o incluso si ha cometido algún delito.
Esto, aunque tenga buenas intenciones, es un terreno muy peligroso y la historia nos ha demostrado una y otra vez, en distintos contextos, cómo la censura y la intolerancia al arte y a sus creadores es la antesala a los autoritarismos.
Esto no significa que el público sea omiso ante actos delictivos de algunos artistas, ni que se le perdonen actos criminales a un individuo solo por ser un genio en cualquier disciplina. Si alguien ha cometido un delito debe pagar por ello, pero existen mecanismos jurídicos e instituciones que son las que deben cumplir la función para las que fueron creadas.
Los sistemas de justicia existen no solo para meter delincuentes a la cárcel, sino para que exista un marco común, las leyes, para que la justicia sea imparcial, de lo contrario cualquiera violentaría e incluso mataría a otros para imponer sus criterios.

Pese a que existen estas instituciones, el público disfruta del enjuiciamiento público como si estuviéramos en una aldea medieval ante la quema de un ser humano. A las audiencias no les importa tanto la justicia, sino sentirse moralmente superiores y participar en el linchamiento contra los artistas.
La justicia no se imparte, ni se alcanza, dejando de consumir arte, como tampoco nos hace cómplices de un delito el consumir o admirar las creaciones de un artista que, además, es o fue un delincuente.
Otro error en estas funas a los artistas es juzgar hechos del pasado desde nuestra visión contemporánea. Muchos artistas hicieron cosas terribles o tenían posturas deleznables, pero los contextos en los que vivieron son muy distintos hoy en día cuando hay significativos avances en materia de derechos humanos.
Por poner un ejemplo, hoy es inconcebible que un ser humano sea esclavo de otro e incluso sea segregado por cuestiones raciales, pero hace un siglo esto incluso era “legal” en algunos países. Asimilar esto no nos hace cómplices del racismo sino entender que el mundo hoy es muy distinto al de hace un siglo.
Las personas que participan en las funas y defienden la cultura de la cancelación, incluso alegando el derecho a la libertad de expresión, también buscan usurpar un lugar que no les corresponde: el de las víctimas.
Si un artista comete un delito, la persona agraviada no somos nosotros, existe una víctima que necesita ser escuchada y cuya voz se pierde en el bullicio del linchamiento mediático. Más preocupante es cuando la víctima ya no está para defenderse y contar su historia, por lo que su agresión es instrumentalizada para censurar al artista, y por consiguiente al arte.
El arte debe ser libre, limitarlo para “castigar” al artista no contribuye a la justicia, ni reivindica a las víctimas de un delito. Más que “separar” al arte del artista, como público debemos entender que ellos son personas con virtudes y defectos y aunque sus ideas influyen en sus obras, sus acciones sí son ajenas a ellas y a sus procesos creativos.
Entenderlo, no solo nos permite mirar el arte sin prejuicios, sino también previene la autocensura y los linchamientos mediáticos que poco o nada abonan a la justicia. De no hacerlo, corremos el riesgo de que haya menos artistas y, en consecuencia, menos arte.
