Por Ludivina Leija
Los consumidores pueden boicotear las marcas asociadas con escándalos, de manera que el impacto se ve en la pérdida de clientes, y en la dificultad para atraer y retener talento.
Las redes sociales, en su mejor versión, son puentes que conectan a personas, fomentan comunidades y dan voz a quienes no la tienen; sin embargo, en su lado más oscuro, se han convertido en caldos de cultivo para el odio, la desinformación y el acoso. Este fenómeno tiene consecuencias como daño reputacional y económico para las empresas, marcas y personas, así como un costo social enorme.
La reputación, tanto para una persona como para una marca, se construye con el tiempo a través de acciones, valores y comunicación, pero en cuestión de horas se puede derribar, ya sea con ataques, difamación, propagación de rumores, comentarios haters que se hacen virales. Los consumidores pueden boicotear las marcas asociadas con escándalos; así, el impacto se ve en la pérdida de clientes, y en la dificultad para atraer y retener talento. También los individuos son vulnerables a la cancelación y el acoso, sobre todo si son líderes de opinión, artistas o emprendedores. Una campaña de odio les puede arruinar la carrera y afectar la salud mental.
Los daños económicos por estos boicots representan pérdida de consumidores, rescisión de contratos por parte de socios comerciales y caída en las ventas. A esto se suma un gasto importante de recursos para gestionar la crisis, como contratar agencias de relaciones públicas, monitoreo de redes sociales, inversión en publicidad para contrarrestar la visión narrativa o las acciones de equipos legales.
Combatir este fenómeno requiere un enfoque multifacético que involucre a las plataformas, los gobiernos, las empresas y a la sociedad, así como fomentar la alfabetización digital, promover la empatía, regular los algoritmos de forma responsable.
