Para entender cómo Irán marca el pulso de la política regional es necesario desprenderse de algunos paradigmas que constituyen nuestra visión occidental.
Irán ha ocupado los titulares de los medios de comunicación desde el 28 de febrero cuando los ejércitos de Estados Unidos e Israel bombardearon este país para ejecutar al ayatola Alí Jameneí. Si bien no era la primera vez que había hostilidades entre estos tres países, fue el mayor ataque en la tensa relación que tienen en los últimos 47 años.
Entender décadas del conflicto es complejo, pero lo es más si se pretende analizarlo desde nuestra perspectiva occidental, ignorando, muchas veces a conveniencia, contextos históricos, políticos, sociales y hasta religiosos.
En la mayoría de los países occidentales hubo distintos procesos de secularización para separar a la religión de los Estados. En México, por ejemplo, tuvimos la Guerra de Reforma y la Guerra Cristera, conflictos que sirvieron de lección para nuestra historia de porqué la Iglesia católica no debía intervenir en los asuntos del Estado.
Por otra parte, en el Islam hay dos bloques muchas veces antagónicos, los sunitas y los chiitas, cada uno defendiendo quién debía liderar a los musulmanes tras la muerte del profeta Mahoma, líder fundador de esta religión. Algo parecido que tuvimos en occidente fue la Reforma Protestante que causó el surgimiento de distintas religiones cristianas ajenas y separadas de la Iglesia católica. Sin embargo, el Islam no se separó en dos religiones, sunitas y chiitas practican la misma fe.
En otros contextos culturales, ajenos al nuestro occidental, la religión y los Estados avanzan juntos o incluso son uno mismo, como en el caso de Irán. En su estructura política, el máximo cargo de ese país, el líder supremo, está por encima del presidente, ministros e integrantes de los demás poderes del Estado. El líder supremo no es cualquier persona elegida por los iraníes, sino un ayatola, un líder religioso chiita elegido por otros clérigos y al que los demás poderes del estado y los ciudadanos están subordinados.
El ayatola no solo es la cabeza del Estado, sino también el líder espiritual de una nación, por lo que, para nuestra visión occidental, es difícil distinguir en la sociedad iraní los límites en la política y la religión, pues en muchas ocasiones esta línea no existe.
Esto nos lleva a otro dilema, cuestionar el poder político puede ser relativamente sencillo, pero cuestionar la fe es muy complejo, por lo que, si ambos poderes recaen en una misma persona, esta tiene un mayor control sobre las masas.

Los ayatolas se han convertido en un riesgo para la seguridad internacional desde que asumieron el poder en la Revolución Islámica de Irán en 1979. Antes de ese momento, el país pasó por un breve proceso de “occidentalización”. Mirar fotos y videos de Irán previos a ese suceso es como mirar imágenes de otro país. Las mujeres con el cabello suelto, algunas con pantalones, y los hombres pelo largo y con ropa de colores, tal y como era la moda en muchos países occidentales en esas décadas.
Esto no significa que Irán no tuviera problemas, eran muchos y muy graves, pobreza, desigualdad, explotación laboral, inflación y la explotación de los recursos estaba en manos de la industria extranjera. La aparente riqueza del país estaba sostenida por la industria petrolera y el turismo, pues al ser una nación con una historia milenaria, era punto obligado para los amantes de la arqueología y escala obligada para viajar al lejano oriente.
Esta profunda desigualdad fue el germen para la Revolución Islámica de Irán en 1979. Hasta entonces el país estaba gobernado por Mohammad Reza Pahleví, un sha, una figura monárquica que perdió el apoyo de los ayatolas cuando en 1950 reconoció al Estado de Israel que había declarado su independencia apenas dos años antes.
Los ayatolas alentaron una revolución con una mezcla entre marxismo y el Islam, la cual tuvo un gran apoyo popular. El resultado fue el estado iraní que conocemos hoy.
La palabra “revolución” y el desconocimiento del contexto histórico y religioso de ese país es el caldo de cultivo para la simpatía de quienes creen que Irán es un país como Cuba o Venezuela.
Si bien pueden tener semejanzas como gobiernos autoritarios, el caso de Irán es más complejo por la estrecha relación entre la vida política y la religiosa. Apenas llegaron al poder, los ayatolas nombraron a otro clérigo, Ruhollah Jomeini, como líder supremo de la República Islámica. El nuevo dirigente no tardó en alentar un sistema de adoctrinamiento para tener un control absoluto de la vida pública del país. No fue una tarea difícil, al ser un líder religioso tenía como arma de control la fe y devoción de su gente.
Desde el poder, Jomeini inició una campaña para señalar a Estados Unidos e Israel como los mayores problemas del mundo; si bien negar la responsabilidad de estas naciones en sucesos que han marcado la historia contemporánea es una negación irresponsable, acusar a los Estados por decisiones muchas veces unilaterales de sus gobernantes alienta la xenofobia hacía sus ciudadanos, quienes podrían desaprobar las acciones políticas y militares de sus dirigentes.

Jomeini usó su influencia religiosa para alentar discursos de odio no solo contra Israel y Estados Unidos, sino contra todo lo que a su parecer eran una amenaza occidental para el Islam. Gobernó con puño de hierro para callar voces disidentes y para instaurar un estado que siguiera al pie de la letra la Sharia, la ley islámica, que entre otras cosas obliga a las mujeres a usar velo y son “propiedad” de sus esposos o de sus hijos si es que quedan viudas. También se prohibieron las bebidas alcohólicas, las películas occidentales, la música que no fuera religiosa o militar, literatura que no promoviera los valores del Islam y la educación, que ya era mixta, volvió a separar a niñas y niños para recibir una formación relacionada con su género según la perspectiva religiosa.
Los primeros blancos de ataque de un sistema autoritario como el de los ayatolas, fueron precisamente las mujeres, las minorías étnicas y religiosas, las disidencias sexuales, la prensa, los extranjeros y los grupos marxistas que apoyaron e impulsaron a la Revolución Islámica.
Además, los alcances del ayatola Jomeini no se limitaron a las fronteras de Irán. En 1988 el autor Salman Rushdie publicó “Los Versos Satánicos”, una obra inspirada a el profeta Mahoma desde el realismo mágico, una corriente literaria donde se mezclan ficción y realidad, y que no tardó en ser criticada por los sectores más radicales del Islam. El 14 de febrero del año siguiente, mientras en occidente se celebraba San Valentín, el Jomeini emitió una fatwa, una sentencia de muerte contra Rushdie que fue leída en la radio, instando a todos los musulmanes a cumplirla y se ofrecieron tres millones de dólares como recompensa.
Jomeini murió el 3 de junio de 1989, pero una fatwa solo puede ser revocada por la misma persona que la emitió, por lo que Rushdie ha vivido décadas perseguido por los seguidores del ayatola. El 12 de agosto de 2022, el autor fue atacado a puñaladas durante un evento literario en Nueva York. Rushdie perdió un ojo.

El deceso de Jomeini no significó una transición política en Irán. Su sucesor, Alí Jameneí, continuó con la misma línea radical, pero además inició una carrera armamentista para defender a su país en caso de un ataque. La razón por la que hoy Irán parece tener un arsenal inagotable es porque llevan décadas preparándose para una guerra. En ese contexto, Jameneí rechazó en sus inicios la posibilidad de construir una bomba atómica al considerarla contraria a los valores del Islam, pero en años recientes, cambió su postura al señalar que su país no necesitaba autorización de otro para su programa nuclear, el cual alegó que era con fines energéticos.
Con los antecedentes radicales de los ayatolas, la posibilidad de que pudieran tener a su disposición una bomba atómica encendió las alarmas en todo el mundo, particularmente de Israel, Estado cuya existencia es rechazada por el Gobierno iraní, lo que conlleva la negación de la existencia de su población.
La disputa entre estos dos Estados ha creado otros conflictos regionales, entre ellos la Guerra en Gaza. Irán financia y proporciona armas a grupos políticos como Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza; mientras que Israel en su ofensiva contra estos acaba con la vida de civiles que son ajenos estas disputas.
Alí Jameneí fue abatido en los bombardeos que Estados Unidos e Israel hicieron en Teherán el pasado 28 de febrero. La muerte del líder político y religioso de Irán no acabó con su régimen, sino que inició una escalada bélica en la región que se ha extendido por semanas.
En respuesta, el Gobierno de Irán atacó no solo a Israel, sino también a países vecinos, entre ellos sus aliados como Qatar y países tradicionalmente neutrales en conflictos como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Hoy hay un nuevo ayatola, Mojtabá Jameneí, hijo del anterior líder supremo, y el conflicto parece no terminar.
Irán se preparó por años para ser atacado y ha causado que el conflicto sea más prolongado y costoso para Estados Unidos e Israel. Mientras los cielos de Medio Oriente son cruzados por drones y misiles en ambas direcciones, en el suelo la gente que es ajena al conflicto de sus gobernantes busca cómo sobrevivir un día más.


