Después de la batalla de Puebla, cientos de soldados huyeron o fueron apresados, pero hubo 111 mexicanos que no juraron lealtad al emperador. Ellos son Los No Juramentados.
Hay hechos de la historia patria a los que nunca se les ha identificado ni recordado como parte de nuestra memoria colectiva. De ellos no hay vestigio en los textos, en los museos o en los monumentos. Es el caso de Los No Juramentados, un grupo de liberales mexicanos que estuvo dispuesto a ofrendar su vida por la patria cuando los conservadores mexicanos traicionaron los principios de lealtad y patriotismo para apoyar a una autoridad extranjera.
Tras el triunfo de la defensa de Puebla el 5 de mayo de 1862, Napoleón lll mandó nuevos y más tropas (30 mil soldados apoyados por los conservadores). Un año y 12 días de encuentros y batallas, la trágica muerte de Zaragoza y después casi 70 días de sitio sobre Puebla en donde se resistió con gallardía y finalmente se entregó la plaza.
Al ser derrotado el Ejército mexicano, se les pidió jurar lealtad al emperador francés para dejarlos en libertad; sin embargo, el general González Ortega testificó que la totalidad de los soldados mexicanos se negó a este acto de humillación. Eran 540 prisioneros, entre jefes, oficiales y empleados del Ejército de Oriente. De estos, aproximadamente 180 huyeron entre Puebla y Veracruz, entre ellos González Ortega, Porfirio Díaz, Escobedo. Los otros 360, después de haberlos llevado a pie, con grilletes y encadenados, fueron trasladados a Francia. En el viaje fallecieron tres, que fueron tirados al mar; ya en Francia fueron recluidos en siete diferentes cárceles donde nueve más fallecieron.
Un año y cinco meses después, 247 soldados mexicanos juraron no levantar sus armas en contra del llamado Imperio Mexicano, encabezado por Maximiliano de Habsburgo. Pero hubo 111 mexicanos que no juraron lealtad al emperador. Ellos son Los No Juramentados.
Los 111 No Juramentados, después de ser abandonados a su suerte, lograron trasladarse a San Sebastián, España, donde trabajaron en la fortificación del castillo de la Mota, ganando 9 reales de vellón diarios y fueron hospedados y alimentados por su población. De ahí se embarcaron en el puerto de Liverpool y posteriormente a Nueva York. Una vez en los Estados Unidos y con apoyo de las empresas ferroviarias, la mayoría de los oficiales y militares mexicanos atravesaron esa nación hasta llegar a San Francisco y se embarcaron para ir a Acapulco, donde se incorporaron al Ejército de Oriente para continuar la lucha contra el invasor.
En tanto, Pablo Dionisio Mejía y otro grupo de No Juramentados fueron trasladados en barco hasta la playa Bagdad, cercana a Matamoros, Tamaulipas. De ahí se trasladaron a Monterrey y se pusieron bajo las órdenes del general Negrete y se incorporaron al Ejército del Norte. Pablo Dionisio Mejía y otros No Juramentados tuvieron el honor patrio de colaborar con el triunfo de la República y participar en la toma del Cerro de las Campanas, en Querétaro.
Ese es un hecho heroico, es la más clara muestra de patriotismo, es la decisión de un soldado, de los mexicanos que no claudican, que están dispuestos a perderlo todo, por no reconocer la imposición de autoridades que no son legítimas.
Afirmó hace tiempo mi padre don Fausto Destenave Mejía: “El desempolvar los episodios que tanto significado y honra dejaron a su paso por la vida, permitirá el nacer en los descendientes signos de identidad y orgullo”. Tenemos la certeza de que los nuevos tiempos, los tiempos de cambio, los tiempos de transformación llevarán a nuestra nación a tomar las mejores decisiones como la de Los No Juramentados, y sean estos honrados y recordados.
