El metraje pionero del cine nacional es ahora una obra perdida a la que se le debe más de lo que se piensa.
Desde antes de “María Candelaria”, dirigida por Emilio Fernández, hasta el boom del cine en México luego de “Amores Perros”, de Alejandro González Iñárritu, la historia del celuloide en el país le debe reconocimiento a un largometraje que podemos decir con seguridad que no existe nadie con vida que haya presenciado su estreno o visto en algún momento, ¿por qué? Simplemente porque de “1810 o Los Libertadores de México” no existen copias, fotografías o registros físicos que demuestren la existencia de la primera película mexicana, pero que, con todo y su halo fantasmagórico sin sombra, existió y fue la piedra angular del cine nacional.
La llegada del cinematógrafo a México
Para hablar de la cinta dirigida por Manuel Cirerol Sansores y Carlos Martínez Arredondo es necesario viajar hasta el 6 de agosto de 1896, no porque en esa fecha se haya estrenado; de hecho, es imposible, ya que ambos cineastas eran apenas unos niños en ese entonces, sino porque ese día, en el Castillo de Chapultepec, se llevó a cabo la primera proyección de cine en México.
Los famosos hermanos Lumière enviaron a Gabriel Veyre y Ferdinand Bon Bernard al país, donde fueron recibidos por el entonces presidente Porfirio Díaz, parte de su gabinete y familiares cercanos. Los invitados presenciaron la épica “L’arrivée d’un train à La Ciotat”, entre otros metrajes cortos filmados en Francia. Días después, se realizó una proyección abierta al público en el Centro Histórico del entonces Distrito Federal.
El entusiasmo del presidente en ese momento fue tan grande que dio pie a la primera imagen filmada en la historia de México cuando los franceses grabaron a Porfirio Díaz montando a caballo en el Bosque de Chapultepec.
Con este primer acercamiento del cine a México, las filmaciones documentales de situaciones cotidianas comenzaron a ser habituales en el país. Personajes como Salvador Toscano o Enrique Rojas comenzaron a filmar la vida cotidiana, desfiles militares, plazas públicas y edificios, dichos metrajes sirvieron como pieza clave del documentalismo mexicano, pero no contaban historias dramáticas ni ficcionadas; ese papel estaba guardado para dos yucatecos.
La revolución del cine en Yucatán
El nacimiento del cine de ficción en México le debe su génesis a Yucatán, sobre todo a Manuel Cirerol Sansores y Carlos Martínez Arredondo. Nacidos en Mérida, sumergidos en el contexto de la Revolución Mexicana, vieron en el cine un medio para expresar el cambio social, hacer visible la identidad indígena y la representación del país en otras latitudes.
Luego de unir la visión y escritura de Cirerol con los estudios de revelación fotográfica química de Martínez, en 1914 fundaron Cirmar Films. El objetivo era darle la vuelta al cine documental de guerra de la época o las cintas de ficción que llegaban de Estados Unidos y Europa, instaurando las historias argumentales mexicanas. Un plan ambicioso que trataba de llevar la narrativa a un nuevo nivel inexplorado en el país.
El nacimiento de la ficción en México
¿Qué historia más grande y épica podía ser contada en esa época en nuestro país que la Independencia de México? Para 1916, ambos cineastas se embarcaron en la realización de “1810 o Los Libertadores de México”.
Era la época del cine mudo y los argumentos cinematográficos eran muy distintos a lo que conocemos ahora como guiones, pero Manuel Cierol, encargado del texto, mezcló datos históricos con metáforas políticas y situaciones llevadas a la ficción que pudieran contar la trama de cómo el país consagró su libertad.
La cinta personificaba ideas con el uso de metáforas. La protagonista, conocida como la Madre Patria, interpretada por la actriz Carmen Beltrán, era una mujer que, desde su humildad y con la necesidad de sostener a sus tres hijos y a un indígena que es perseguido por un español que termina enamorado de ella, busca romper con el yugo extranjero. Miguel Hidalgo ayuda a la Madre Patria a huir del conquistador europeo, hasta que ella logra liberarse.
Con un presupuesto de 50 mil pesos de la época, unos 13 millones de pesos actuales —que sería un presupuesto mesurado para una cinta en nuestros tiempos—, Manuel y Carlos requirieron más de seis rollos de celuloide, a la par de una logística enorme para construir sets como una réplica de la Alhóndiga de Granaditas y el uso de aproximadamente 400 soldados del ejército de Salvador Alvarado para algunas escenas bélicas, por lo que la cinta fue considerada un proyecto magnánimo sin precedentes.
Con la cinta terminada, los 110 minutos estaban listos para ser proyectados en el Teatro Peón Contreras, en Mérida. No fue una función privada, pero contó con figuras importantes del Gobierno local y música en vivo del compositor Fausto Pinela. El 27 de agosto de 1916, el estreno reunió a cientos de personas; el éxito fue tal que la cinta llegó al Teatro Hidalgo del Distrito Federal para conmemorar la Independencia de México ese mismo año.
Tiempo después, algunos cines quisieron hacerse con los derechos de proyección y desplazaron algunas películas extranjeras con tal de exhibirla en sus espacios.
Una película perdida que quedó en la memoria del cine
Pese al éxito, en aquellos años la preservación de largometrajes no era algo que al menos fuera pensado. Ni siquiera existían instituciones encargadas del acervo fílmico nacional. A la par, el celuloide estaba fabricado por nitrato, que, además de ser inflamable, con el paso del tiempo tiende a descomponerse por sí solo.
Sin registro real, estudiosos del cine nacional especulan que la cinta comenzó a perderse luego de su ciclo de proyección al público a inicios de 1917. Las bodegas de Cirmar Films albergaron algunas copias, las mismas que quedaron destruidas con el paso del tiempo y no es imposible que se rescataran cuando la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional comenzaron a realizar un acervo del cine en México a mediados del siglo XX.
Sin testigos y con solo algunas imágenes del rodaje y pósters publicados por periódicos nacionales, “1810 o Los Libertadores de México” logra sobrevivir enmudecida, igual que su origen, en la memoria de algunos amantes del cine nacional.
Tratar de verla es completamente imposible. Pero si el cine nos ha enseñado algo, es que el poder de imaginar es tan poderoso que, tal vez, en algún momento de la historia esa película resurgirá, aunque sea en pedazos, para recordarnos que el séptimo arte en nuestro país siempre ha luchado para sobrevivir.
