La justa deportiva se convirtió en un alivio temporal que nos permitió olvidar por noventa minutos aquello que nos preocupa el resto del año.
En medio del caos que se vive en este país, llegó esa temporada en la que en los hogares mexicanos se desayuna, se come y se cena futbol. Paradójicamente, aun siendo país sede, fueron principalmente los extranjeros quienes tuvieron la posibilidad de viajar, hospedarse varios días, comprar boletos y disfrutar de las ciudades anfitrionas. La mayoría de los mexicanos tuvimos que conformarnos con pagar una plataforma de streaming o seguir los partidos por televisión. Aun así, México volvió a emocionarse, volvió a ilusionarse con la posibilidad de que la Selección nos regalara algunos triunfos.
Y es que, en un país donde las noticias suelen hablar de inflación, gasolina cara, inseguridad, desapariciones, corrupción y violencia, ver un partido de futbol se ha convertido en una especie de terapia colectiva, el antidepresivo más accesible para aficionados y no aficionados. ¿Cuándo fue la última vez que este país celebró una buena noticia que nos uniera a todos?
Es imposible no sentirse orgulloso de la fiesta que México ofrece al mundo: su cultura, su gastronomía, sus colores y la calidez de su gente. También es inevitable celebrar algunos goles como si hubiéramos ganado el torneo. Pero esa euforia revela algo más profundo: el enorme deseo que tenemos de que las cosas mejoren. Queremos que la gasolina deje de subir, que el sistema de salud funcione, que los maestros ganen más, que las mujeres puedan vivir seguras, que los delincuentes sean castigados y que los políticos dejen de servirse del poder para servirse a sí mismos.
Mientras tanto, el futbol cumple una función que va mucho más allá del deporte. Es el paracetamol de nuestras frustraciones colectivas, un alivio temporal que nos permite olvidar por noventa minutos aquello que nos preocupa el resto del año.
Disfrutemos entonces la fiesta. Celebremos los goles, los abrazos y las ilusiones compartidas. Pero sin olvidar que, cuando suene el último silbatazo, la realidad seguirá esperándonos. Y entonces, como buenos mexicanos, tendremos que aprender a vivir también con la resaca emocional de haber sido felices por un momento.
