Tras la masacre del 2 de octubre de 1968, una huelga de hambre puso a prueba la resistencia de los presos políticos y desencadenó una operación para sofocar su protesta.

El Palacio Negro de Lecumberri fue el último bastión del fascismo para diezmar a trotskistas, guevaristas, maestros y miembros del Consejo Nacional de Huelga tras la manifestación del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Aquella tarde de otoño decenas de estudiantes fueron masacrados por el Ejército Mexicano. El edificio que en la actualidad funge como Archivo General de la Nación alberga uno de los pasajes más sombríos en las cárceles del país, su propio “Tlatelolco”.

Reos de distintas nacionalidades y afiliaciones ideológicas convergían en las llamadas crujías, una serie de pasillos compuestos de celdas. Artistas como José Revueltas, maoístas y miembros del Partido Comunista formaban parte de los presos políticos en una población compuesta por 3 mil 301 convictos para finales de aquel fatídico año.

El Palacio Negro de Lecumberri.

“Cada día frío, dos vasos de atole, uno en la mañana y uno a la tarde. Y las necesidades en un bote de 20 litros. Las celdas de las crujías M, N y C emanaban un olor fuertísimo. Por cuarenta días, estudiantes estuvieron en huelga de hambre a solo azúcar, limón y convulsiones”, se puede leer en los testimonios orales que recopiló la escritora Elena Poniatowska. El episodio se sumaría a una serie de huelgas internas que desembocaría en la disolución final de la resistencia en el presidio.

El 1 de enero de 1970 el director del Palacio Negro, el general Francisco Arcaute Franco, decidió poner una trampa a un bloque de 84 prisioneros que se mantenían bajo protesta sin ingerir alimentos. Aprovechando una visita familiar, Arcaute ordenó a los custodios retener en un pasillo a las esposas e hijos de los reos. Al escuchar los gritos que exigían libertad, los protestantes forzaron las cerraduras y barrotes de sus celdas. En los corredores de las crujías ya los esperaban reos comunes armados con varillas, machetes y palos que les proporcionó el propio subdirector del penal, Bernardo Palacios Reyes.

Según un relato, los prisioneros empezaron a gritar: “¡Es una provocación! ¡Están organizados!”, y corrieron de regreso a sus crujías para evitar el enfrentamiento con “quienes estaban drogados y borrachos”. “No escuchaban voces ni razones”, acorralados y con poco espacio para reaccionar, fueron atacados a varillazos y puñaladas. Los guardias abrieron fuego bajo pretexto de un motín por parte de los reos, pero sus balas solo impactaron a los identificados con la “disidencia”.

Los reportes oficiales no contabilizaron muertes. El drástico proceder buscaba poner fin de una vez por todas a las protestas al interior del penal. Heridos, hambrientos y desmoralizados, el grupo de presos políticos dio por terminada su manifestación el 21 de enero de 1970. Aunque algunos recibieron condenas de más de 10 años por daños a la nación, conspiración o ataques a las vías de comunicación, la mayoría fueron indultados en el periodo del expresidente Luis Echeverría. 

Sin víctimas mortales oficiales, el Tlatelolco de Lecumberri fue una forma de destruir la voluntad y el espíritu que impulsaron al movimiento estudiantil de 1968.