La nueva cinta de Iñárritu grita, nació para perder y se siente cómoda de ser incómoda.
Cuando tenía 14 años vi por primera vez “Amores Perros”. En ese momento, la primera cinta de Alejandro González Iñárritu tenía un poco más de un lustro de haber salido a la luz y la fascinación de ver una producción que rápidamente se volvió un nuevo clásico de culto y la adrenalina de enfrentarme a una trama visceral y violenta me llevó a abrirme a un cine más maduro y a buscar otro tipo de creaciones, como “La Naranja Mecánica”, de Stanley Kubrick.
Veinte años después de mi acercamiento a la obra del debut del cineasta mexicano, y tras 26 años de su estreno, el director vuelve con “Digger”, y traer a la mesa su primera cinta no es gratuito; en realidad, representa una pieza clave para entender dos cosas: la forma en la que el director ve un mundo que en el presente se cae a pedazos por la ambición y que, en realidad, pisar callos en el camino no es una casualidad, es el objetivo.
Por poco más de nueve años, Iñárritu mantuvo en la cabeza la idea de una obra tan grandilocuente como pretenciosa, en el mejor sentido de la palabra. “Digger”, que en un principio se titulaba “Blah, Blah, Blah”, era, por su complejidad, algo parecido a lo que tenía en mente Francis Ford Coppola con “Megalopolis”; ese tipo de apuestas que tienen todo para triunfar, con elencos enormes y tramas enrevesadas, pero que, casi siempre, salen sumamente mal.

Dos ficciones sobre una misma realidad
Sin ánimos de dar ningún tipo de spoiler, “Digger” se edifica como una mezcla de “Dr. Strangelove” y “12 Hombres en Pugna”, pero en un momento entre actual y distópico, donde el cambio climático es un problema que podría terminar con gran parte de la humanidad, donde los mismos hombres responsables de la catástrofe buscan tomar la narrativa entre sus manos y para cambiar el rumbo del problema, pero nunca, jamás, solucionar absolutamente nada.
Rockwell Digger, interpretado por Tom Cruise con un maquillaje extremo para simular la edad que sí tiene, es ese magnate despreciable, fantoche y excéntrico que termina rodeado por políticos de su misma calaña (o peor) y que representan a una clase despreciable, voraz, insaciable y ególatra. Una caricatura exagerada que tiene que subir el volumen, los gestos y el estereotipo, porque, de lo contrario, podría confundirse con cualquier personaje real.
El giro de tuerca de los primeros 20 minutos de la cinta funciona en un eje lineal. Iñárritu es experto en contar historias repartidas en capítulos sobre un mismo tema. En esta ocasión, sube la apuesta para que el espectador supere la idea lacaniana sobre la forma en que entendemos y vemos la realidad, donde solo exagerándola puede ser expuesta, masificada y, esperemos, entendida.
Todo el mundo es un escenario
Si todo lo que vemos diariamente está guionizado, el mundo entero es un escenario. Esa pequeña premisa implícita dentro de la cinta danza entre diálogos que muchas veces sobran, pero que, al final, hablan de una verdad. Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman concretaron junto a Iñárritu una especie de obra de teatro exagerada y polarizada que, mientras más avanza la cinta, se parece mucho más a la realidad.
Sabina Berman concretaron junto a Iñárritu una especie de obra de teatro exagerada y polarizada que, mientras más avanza la cinta, se parece mucho más a la realidad.
Shakespeare escribió alguna vez que todo el mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres son actores. Iñárritu no solo basa “Digger” en este principio; de una manera satírica y con comedia negra logra cansar al espectador y decide no soltar en ningún momento las riendas, a la par de colocar dentro del cuadro evidencias del set que resulta ser el mundo que diariamente habitamos.
Esa verdad pasada por el filtro de la falsedad recurrente no es otra cosa que un espejo. Y, si lo que refleja ese espejo no es de nuestro agrado, jamás podría ser culpa del artefacto que regresa la imagen.

El capitalismo salvaje y el ego
Pero Alejandro no termina su tesis aquí. Cuando por fin logramos entender el tono de la cinta, la trama se retuerce entre gritos de personajes que buscan vivir dentro de una ambivalencia en la que, de una forma u otra, terminan por ser el mismo personaje lleno de ambición por tener más.
Casi de la misma forma en la que “Bardo”, del mismo director, lleva al extremo un monólogo extenuante, “Digger” se coloca de frente al capitalismo y a la forma en la que las figuras de poder toman sus decisiones basadas única y exclusivamente en favor de sus beneficios monetarios. Pero, al mismo tiempo, la trama se pierde entre enredos que tratan de señalar el estado fallido de las cosas y su repercusión real.
El poder de la retórica en las manos equivocadas
Pese al caos extenuante de la cinta, el director mexicano da una última estocada al espectador al colocar a esas figuras de poder que siempre se salen con la suya gracias a su arma más letal: la retórica.
El mundo de las palabras y del discurso termina por ser una válvula de escape de los personajes en pantalla y de cómo, al igual que en nuestra realidad, una figura de poder con un micrófono enfrente puede ser más destructiva que el mismo desastre que desataron sus decisiones.

La crítica de los aludidos
Y justo por los callos que pisa con tantos símiles a políticos, magnates grandilocuentes y empresas transnacionales, “Digger” puede ser vista y criticada desde un punto de vista sumamente simplón que señala poca comprensión sobre el tema que trata.
Millonarios con delirios de grandeza, servidores públicos de alto perfil y las personas que los rodean son retratados de forma que absolutamente nadie sale bien librado. Ser expuesto de forma tan grotesca no debe ser cómodo, pero la exageración, que sirve de forma perfecta dentro de la sátira, no siempre concreta una crítica que se sostenga por casi dos horas, por más que lo intente.
Cintas como “Idiocracy”, de Mike Judge, ya intentaron previamente llevar al ridículo situaciones reales, con la diferencia de que dentro de dicha producción nada era tomado totalmente en serio, a diferencia de “Digger”, donde todo parece ser más importante que la misma realidad.
Pero, para ser justos, la cinta tampoco resulta sencilla. La valoración en Rotten Tomatoes la coloca con menos del 60 por ciento de aprobación, pero no es directamente culpa de la crítica de aquellos que se vieron aludidos.
Quizás, al ser una cinta densa que retrata nuestra propia realidad de una forma tan caricaturizada, la delgada línea entre el simulacro y la simulación puede ser entendida desde el hartazgo.
La cinta que nació para perder
Tras su semana de estreno, la nueva cinta de Iñárritu fue clasificada como un fracaso. La taquilla no logró la recaudación esperada y se convirtió en la cinta protagonizada por Tom Cruise menos vendida en salas.
¿El director lo tenía previsto? Con un presupuesto de 180 millones de dólares, una puesta en escena tan despampanante y un elenco lleno de estrellas, la respuesta corta podría ser que no, y que, de alguna forma, se concretó como otra cinta de un director que perdió el piso, como Coppola o Ridley Scott, con el objetivo de mostrar su visión del mundo, pero que falla en la ejecución.
Al final, “Digger” no nació para gustar. La visión de Alejandro González Iñárritu, que sí tiende a ser demasiado “intelectual”, busca la manera de erigirse como un punto de encuentro y comparación de la sociedad actual, dividida en actos, violentamente patética, avasalladora y estridente, todo para entretenernos por dos horas, salir a la calle y decir: “Oye, al menos no estamos tan mal… todavía”.
